43 lecturas
Por Eduardo López Betancourt
Una pasión desbordada
El fútbol americano, un deporte que hasta hace relativamente poco tiempo se limitaba casi exclusivamente al ámbito estudiantil, se ha convertido en uno de los espectáculos deportivos más populares del mundo. El Super Bowl, por ejemplo, es esperado con enorme expectativa, pues enfrenta a los campeones de las dos grandes ligas profesionales de los Estados Unidos: la Conferencia Americana (Patriotas de Nueva Inglaterra) y la Conferencia Nacional (Halcones Marinos de Seattle).
La afición ha crecido de manera notable no solo en México, sino a nivel global. Este fenómeno ha impulsado la realización de partidos oficiales en diversas ciudades fuera de territorio estadounidense, y nuestro país no ha sido la excepción.
No obstante, resulta lamentable el comportamiento parcial de algunos árbitros. En múltiples ocasiones parecen percibir jugadas que ni el público ni las repeticiones televisivas logran confirmar, lo que genera la sensación de decisiones injustas y tendenciosas. Con frecuencia, dichas resoluciones benefician a determinados equipos, lo que abre la puerta a sospechas de corrupción vinculadas al mundo de las apuestas. Este vicio, hay que decirlo, no es exclusivo del fútbol americano; otros deportes también padecen esta grave inmoralidad.
Por otra parte, una de las características más visibles de este deporte es la pasión desbordada de su afición, que en no pocas ocasiones se transforma en agresión. Los equipos locales suelen someter a los visitantes a un ruido ensordecedor, creando un ambiente hostil que dificulta la concentración y el desempeño del rival. Esta conducta, más que apoyo deportivo, refleja una preocupante falta de educación y respeto. Al adversario se le debe tratar siempre con consideración, sin recurrir a tácticas destinadas a provocar errores mediante la intimidación.
Lo más grave es que, en algunos casos, los propios jugadores locales incitan al público a mantener estas actitudes reprobables. El deporte, lejos de fomentar la barbarie, debería ser un instrumento fundamental para la formación de valores, el respeto y la sana convivencia.
En lo personal, asistí a un partido en la ciudad de Denver, donde el equipo local enfrentaba a los Chargers, conjunto del cual soy aficionado. Al portar una camiseta de mi equipo, fui objeto de insultos y agresiones verbales, situación que me obligó a quitármela para evitar una posible agresión física. Este episodio ilustra con claridad la urgencia de promover una cultura deportiva basada en el respeto al rival.
Erradicar la violencia y la intolerancia en los estadios es una tarea indispensable si se pretende que el fútbol americano conserve su esencia como deporte y no derive en un espectáculo marcado por la hostilidad y la falta de civilidad.