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El maquillaje del oportunismo

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Por Ana E. Rosete

Normalización de los privilegios

La política mexicana tiene una capacidad casi patológica para el reciclaje de los vicios que juró erradicar. La reciente inauguración de un salón de belleza dentro del Senado de la República no es una anécdota de color ni un tema de “gestión de imagen”; es una declaración de principios sobre la jerarquía de prioridades en la Cámara Alta.

En el recinto donde se supone que se articula el futuro jurídico y social de México, hoy se destina espacio y logística al cuidado de la apariencia. La defensa de la Mesa Directiva ha sido inmediata y predecible: aseguran que “no implica gasto público” porque cada legislador paga por su servicio. Es un argumento falaz.

El costo de oportunidad de utilizar infraestructura del Estado para fines privados y estéticos es, en sí mismo, un agravio.

El problema no radica exclusivamente en el origen del dinero que paga el manicure, sino en la normalización del privilegio dentro de una institución que debería ser el ejemplo máximo de la austeridad que tanto pregonan.

Resulta alarmante la falta de memoria institucional. En 2018, la clausura de estos espacios se celebró como una victoria simbólica contra los excesos del pasado. Hoy, su reapertura bajo el disfraz de una “comodidad pagada” es la fotografía más nítida del oportunismo político. Se prometió una transformación ética, pero lo que vemos es la restauración de un andamiaje de beneficios que separa a la clase política de la realidad ciudadana.

El verdadero rostro del Congreso no se arregla con cosméticos. Lo que hoy vemos es un intento de “embellecer” el teatro político para las cámaras, mientras el fondo se pudre en la ineficiencia y la falta de transparencia. La austeridad no es un accesorio que se quita y se pone según la conveniencia del discurso; es una práctica de respeto al erario y a la dignidad del cargo.

México no necesita senadores impecables para la fotografía si su trabajo legislativo carece de rigor y empatía con la crisis que se vive afuera de los muros de Reforma 135. El maquillaje del oportunismo puede cubrir las ojeras de una larga sesión, pero es incapaz de ocultar la ausencia de una reforma ética que ponga, de una vez por todas, el servicio público por encima de la vanidad personal.

Al final, la estética del poder siempre termina por revelar la verdadera naturaleza de quienes lo ostentan: una clase política que, ante el espejo, solo sabe mirarse a sí misma.

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