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Una explosión al interior de una vivienda utilizada como presunto taller clandestino de pirotecnia cobró la vida de una persona en el Barrio Santa Isabel, en Tultepec. La víctima murió al instante.
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
El estruendo fue seco, brutal, imposible de confundir. En segundos, la tranquilidad del Barrio Santa Isabel se rompió cuando una explosión sacudió una vivienda y lanzó al aire una nube espesa de humo negro. La pólvora, manipulada en la clandestinidad, volvió a mostrar su rostro más cruel: un hombre murió al instante, destrozado por la fuerza del estallido.
“Sentimos cómo vibró la casa, pensamos que era un temblor, pero luego vino el olor a quemado”, relató una vecina aún con el miedo tatuado en el rostro. Desde la calle Cuitláhuac, varios residentes observaron cómo el humo salía violentamente del inmueble, mientras el silencio posterior confirmaba que algo había salido terriblemente mal.
Al interior, la escena era infernal. En un espacio reducido, restos de cartón calcinado, químicos regados y fragmentos ennegrecidos daban cuenta de la detonación. En medio del cuarto quedó el cuerpo sin vida de un hombre de 46 años, identificado de manera extraoficial como Francisco Ponce, conocido entre vecinos con el apodo de “La Parca”.
No hubo oportunidad de auxilio ni margen para el rescate.

“Ahí hacían cuetes, todos lo sabíamos, pero nadie decía nada”, confesó otro habitante, resignado. Minutos después arribaron bomberos y personal de Protección Civil, quienes sofocaron cualquier riesgo adicional y confirmaron el fallecimiento.
Elementos de la policía acordonaron la zona, mientras peritos de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México realizaron las diligencias de rigor: fotografías, mediciones y levantamiento del cuerpo, que fue trasladado al Servicio Médico Forense. La investigación buscará determinar qué materiales detonaron y si el inmueble operaba como taller ilegal.
En Tultepec, la pólvora vuelve a escribir una historia de muerte. Una más. Y mientras el barrio intenta volver a la calma, queda la certeza amarga de que la explosión no fue un accidente aislado, sino la consecuencia de un riesgo que se normalizó hasta que cobró una vida.
