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Rompió con el trabajo del anterior alcalde de Cuajimalpa Adrián Rubalcava; vecinos sienten miedo en la alcaldía
REDACCIÓN
La inseguridad a regresado a la alcaldía Cuajimalpa con Carlos Orvañanos como edil, ya que el 44.3 se siente inseguro, cuestión que no pasaba con el anterior alcalde Adrián Rubalcava, según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI.
En 2023 y 2024, la percepción de inseguridad en Cuajimalpa se mantuvo por debajo del 30%. No por discursos, no por marketing, sino porque en la calle se sentía una autoridad presente. Incómoda, dura, poco simpática… pero presente. Los rateros, los ladrones —o como quiera llamárseles— sabían que había consecuencias. Le temían más al gobierno que a la crítica.
Ese esquema se rompió en 2025, con el cambio de administración.
Con la llegada de Carlos Orvañanos, la percepción de inseguridad se dispara por encima del 40% y no vuelve a bajar. No es una variación menor ni un bache temporal: es una tendencia sostenida que confirma lo que hoy se comenta sin rodeos en colonias y comercios. Hay menos estrategia, menos presencia y menos temor a la autoridad.

Aquí aparece la ironía política más cruel: tanto se insistió en que “ya era hora del cambio”, que hoy muchos ciudadanos empiezan a preguntarse si no se equivocaron. Porque la seguridad es el eje de cualquier gobierno local. Sin ella, todo lo demás es accesorio. Y el gobierno actual parece no haberlo entendido.
Adrián Rubalcava fue blanco de burlas y críticas. Que si era autoritario, que si se vestía de policía, que si era mal encarado, que si tenía formas hostiles y un estilo rudo, casi provocador. Se le acusó de llevar demasiado tiempo en el poder, de confundir el gobierno con mando y de comportarse más como jefe policiaco que como político.
Mientras antes se criticaba a un alcalde que se ensuciaba los zapatos y se disfrazaba de policía, hoy se tiene a uno que no deja pasar un viernes sin presumir las taquerías de la demarcación. Mucha foto, mucho sabor, mucho entusiasmo gastronómico… pero poca señal de una estrategia clara para contener la inseguridad.
La diferencia es brutal: antes se criticaban las formas; hoy se padece el fondo.
Rubalcava pudo ser rudo, exagerado y hasta incómodo. Pero gobernaba bajo una lógica simple: el miedo debía estar del lado del delincuente, no del ciudadano. Hoy, en cambio, Cuajimalpa empieza a parecerse peligrosamente a otras alcaldías donde delinquir ya no genera preocupación.
Quizá el error no fue el estilo anterior, sino creer que la seguridad se podía administrar con sonrisas, hashtags y tacos al pastor.
Y cuidado: tanta promoción no vaya a terminar poniendo a las taquerías en la mira de quienes hoy disfrutan delinquir sin mayor consecuencia.
Tal vez, al final, la solución no sea otra campaña ni otro recorrido gastronómico.
Tal vez más de uno empiece a pensar habría que invitar al Rubalcava mal encarado, disfrazado con botas, radio y pose de policía gabacho, aunque sea para que los delincuentes recuerden que, en Cuajimalpa, alguna vez hubo a quién temerle.
