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El poder que no admite crítica

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Por Ana E. Rosete

Las contradicciones en política pública son graves. Pero cuando vienen acompañadas de soberbia y hostigamiento desde el poder, se vuelven peligrosas.

El 15 de diciembre, Ana Villagrán, titular de la Agencia de Atención Animal, aseguró que todos los animales del Refugio Franciscano habían sido revisados por veterinarios de AGATAN y de la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial. Una declaración categórica, hecha bajo el gobierno de Clara Brugada.

Tres días después, la Fundación Haghenbeck informó que tuvo que trasladar a una clínica privada a 39 gatos en estado grave. Dos murieron. El contraste no es menor: es devastador.

Aquí no hay espacio para evasivas. Si la revisión se hizo, fue incompleta o negligente. Y si se detectaron condiciones críticas, AGATAN tenía la obligación legal de actuar de inmediato, dar vista a la Fiscalía y asumir la custodia de los animales. Nada de eso ocurrió. La intervención llegó un mes después, rompiendo la cadena de custodia y debilitando cualquier investigación.

Su gestión ha estado marcada por un patrón preocupante: la descalificación sistemática y el maltrato en redes sociales hacia quienes la cuestionan. Activistas, ciudadanos y defensores del bienestar animal han sido ridiculizados, bloqueados o atacados desde cuentas vinculadas a la titular de AGATAN, como si la crítica fuera un agravio personal y no un derecho democrático.

El caso de la animalista Lucía Hernández es emblemático. En lugar de responder con argumentos, datos o transparencia, Villagrán ha optado por el hostigamiento digital. Las instituciones no se defienden con sarcasmo ni con ataques personales.

Se defienden con resultados. Y hoy, lo que queda claro es que AGATAN falló en su tarea básica: proteger a los animales y rendir cuentas.

Al final, el mensaje es claro y alarmante: en esta gestión, el problema no es quien señala. El problema es una funcionaria que no tolera la crítica, evade responsabilidades y confunde el poder público con una trinchera personal. Y cuando eso ocurre, los animales —y la democracia— siempre pierden.

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