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Agatan, una gestión sin rumbo

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Por Ana E. Rosete

En la política capitalina hay cargos que exigen algo más que buenas intenciones o apellidos conocidos. La Agencia de Atención Animal no es un escaparate ideológico ni una oficina de cuotas: es una institución que debería operar con sensibilidad, conocimiento técnico y, sobre todo, ética pública. Lamentablemente, bajo la conducción de Ana Villagrán, nada de eso parece estar garantizado.

Desde su llegada a la Agatan, la gestión de Villagrán ha estado marcada más por la polémica que por los resultados. Las quejas no son aisladas ni menores: activistas, trabajadores y observadores del sector coinciden en señalar una conducción errática, autoritaria y profundamente alejada de la causa animal que dice defender.

Pero lo más preocupante no es la ineficiencia, sino el patrón de nepotismo que se ha vuelto imposible de ignorar. La agencia parece operar como un pequeño feudo personal, donde las relaciones cercanas pesan más que la experiencia profesional y donde los cargos se reparten con una lógica familiar, no institucional.

Villagrán no es una improvisada en la grilla. Su historial político explica muchas cosas. Dentro del PAN, partido que durante años intentó cobijarla, nunca logró consolidarse ni generar consensos. Sus formas —confrontativas, soberbias, poco dadas al trabajo en equipo— terminaron por cerrarle las puertas. No fue expulsada formalmente, pero sí políticamente desplazada. Nadie la quiso sostener.

Hoy, lejos de la oposición y arropada por una estructura gubernamental que debería exigirle cuentas, reproduce los mismos vicios que antes la hicieron inviable. La diferencia es que ahora el costo no es partidista, sino público.

El problema de fondo no es que Ana Villagrán tenga convicciones —todas las tiene—, sino que confunde la institución con su proyecto personal. Gobernar no es imponer; dirigir no es rodearse de incondicionales; servir no es colocar a los propios. Agatan merece liderazgo profesional, no lealtades familiares. Merece resultados, no discursos. Mientras eso no ocurra, la gestión de Ana Villagrán seguirá siendo un ejemplo doloroso de cómo el nepotismo y la soberbia pueden vaciar de sentido a una causa que, paradójicamente, exige empatía.

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