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Por Pedro Linares Manuel
El Trastorno de Identidad Disociativo (TID), conocido anteriormente como trastorno múltiple de la personalidad, es uno de los padecimientos más complejos y mal comprendidos dentro de la psicología clínica. No se trata de un espectáculo mediático ni de un cambio voluntario de personalidad, sino de una respuesta extrema de la mente ante experiencias traumáticas severas, generalmente ocurridas en la infancia temprana.
El TID se caracteriza por la presencia de dos o más estados de identidad que alternan el control de la conducta, acompañados de lagunas de memoria, despersonalización y desrealización. Estos estados no son “personajes”, sino fragmentos de la identidad que surgieron como mecanismos de protección ante situaciones de abuso, negligencia o violencia prolongada. La disociación, en estos casos, permitió sobrevivir cuando huir o defenderse no era posible.
DIAGNÓSTICO COMPLEJO
A nivel clínico, el TID suele estar asociado a trauma complejo, trastorno de estrés postraumático, ansiedad severa y depresión. Su diagnóstico requiere evaluación especializada, entrevistas clínicas profundas y una comprensión cuidadosa de la historia de vida del paciente. No se diagnostica con pruebas rápidas ni con etiquetas superficiales.
La intervención terapéutica se centra en la integración funcional, no en “eliminar identidades”. El objetivo es lograr seguridad interna, regulación emocional y cooperación entre los estados disociativos, respetando el ritmo del paciente. La psicoterapia basada en trauma es el eje del tratamiento; los fármacos pueden apoyar síntomas asociados, pero no tratan el trastorno en sí.
ABRAZOS QUE SANAN
Hoy, en el Día Internacional del Abrazo, vale la pena reflexionar desde una mirada terapéutica. Para una persona con Trastorno de Identidad Disociativo, el abrazo no siempre es un acto simple ni automático. El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar. Por eso, el abrazo más sanador no siempre es físico: puede ser un espacio seguro, una escucha respetuosa, una presencia constante sin invasión. Desde la psicología inclusiva, abrazar también es comprender, respetar límites y sostener sin tocar. Ese, muchas veces, es el primer paso hacia la integración y la sanación.
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