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Un asalto a mano armada cometido a plena luz del día en una casa de empeño cerca del ayuntamiento, exhibió la fragilidad de la estrategia de seguridad encabezado por Martínez Romero
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
Atlacomulco despertó a una realidad incómoda: la delincuencia ya opera a espaldas del poder municipal. Un asalto ejecutado con precisión en una casa de empeño, ubicada a unos pasos del Palacio Municipal, dejó en evidencia la incapacidad de la policía local para responder de inmediato y la debilidad de la estrategia de seguridad del alcalde Nicolás Martínez Romero.
Las imágenes de videovigilancia muestran a tres hombres actuando con total control. Uno de ellos portaba un arma, otro vigilaba la entrada y el tercero cruzó el mostrador para apoderarse de joyas y electrónicos. Durante casi un minuto, la alarma antirrobo sonó sin que ninguna patrulla apareciera. Los responsables huyeron en una motocicleta roja, sin obstáculos ni persecución.
El retraso policial provocó indignación entre comerciantes y vecinos del primer cuadro. “Si aquí, a un costado del Ayuntamiento, no hay seguridad, ¿qué queda para las colonias?”, reclamó un locatario. La percepción de tranquilidad que caracterizaba a Atlacomulco se ha ido erosionando con una cadena de robos y hechos violentos que no encuentran respuesta eficaz.
La postura oficial se limitó a informar que hay una investigación en curso y un presunto sospechoso identificado, sin resultados concretos. Para la población, esa narrativa no basta. La ausencia de detenciones refuerza la sensación de impunidad y abandono institucional.
El asalto no solo dejó pérdidas materiales; dejó una señal política clara. La estrategia de seguridad municipal está rebasada y la autoridad luce reactiva y lenta. En Atlacomulco, la criminalidad ya no es una excepción: es un problema visible que pone en entredicho la capacidad del gobierno local para garantizar lo básico, la seguridad de sus familias.