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Por Eduardo López Betancourt
elb@unam.mx
El sufrido estado de Guerrero y sus habitantes continúan bajo el dominio de los Figueroa y de sus émulos. Aquel viejo sanguinario de los años setenta, quien cobardemente imploraba perdón a Lucio Cabañas durante su secuestro y que, una vez liberado, desató una furia inaudita masacrando familias enteras por el solo hecho de pertenecer al Partido de los Pobres, dejó una estela imborrable de crímenes. Producto de un priismo atroz. Poco tiempo después llegó su hijo, Rubén Figueroa Alcocer, siguiendo la arraigada costumbre familiar, cual “chacal”, asesinó vilmente a campesinos en Aguas Blancas, hecho que lo marcó para siempre como un repugnante magnicida.
Los Figueroa continúan gobernando la maltrecha entidad suriana. Los Salgado no son distintos: idénticos en prácticas y excesos, particularmente Félix Salgado, quien lejos de purgar condena por sus múltiples crímenes, actúa con total impunidad, siguiendo la herencia criminal de aquellos a quienes hoy rinden homenaje. Se trata de un delincuente en el más amplio sentido de la palabra.
Félix es el verdadero jefe detrás de los cárteles que imperan en la entidad. Tal situación es ampliamente conocida, pero la población vive atemorizada, pues la violencia y la venganza son constantes. Los Salgado están inmiscuidos en todo tipo de extorsiones: cobro de piso, pago de cuotas a diversos sectores, secuestros y asesinatos.
Han impulsado descaradamente no solo la inseguridad, sino también la corrupción más degradante, particularmente en el ámbito de la obra pública, donde la pareja de la gobernadora es quien decide la asignación de contratos.
Otra de sus características es el silenciamiento de los medios de comunicación: algunos mediante dádivas, práctica habitual; otros, mediante amenazas, sin que los familiares de periodistas estén exentos de represalias.
Recientemente, el gobierno de los Salgado rindió homenaje al viejo Figueroa, aquel que se decía ingeniero sin haber concluido siquiera la educación primaria. Farsantes padre e hijo, inmundos sujetos que pasarán a la historia no solo como los gobiernos más ineptos, sino como sanguinarios, corruptos y cobardes.