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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
La madrugada del miércoles, el fuego bajó del cerro como una amenaza viva. El Chimalhuache ubicado en el municipio de Chimalhuacán, ardió con violencia, iluminando la noche y tiñendo el cielo de tonos anaranjados mientras el humo espeso se metía en las casas y hacía arder los ojos.
Desde patios y azoteas, vecinos observaron cómo las llamas devoraban la maleza seca, avanzando sin freno hacia la zona habitada. “Sentimos que el cerro se nos venía encima, el calor era insoportable y el humo no dejaba respirar”, narró una vecina que permanecía abrazando a sus hijos.
La escena fue de pánico colectivo. Familias enteras salieron a la calle con lo indispensable, algunas cargando cubetas de agua, otras solo con el miedo reflejado en el rostro. El crepitar de la vegetación al quemarse y el olor a tierra chamuscada generaron una sensación de tragedia inminente. “Aquí siempre pasa lo mismo, cada año arde el cerro y nadie hace nada hasta que el fuego está encima”, reclamó un habitante, con la voz quebrada por la tensión.
Elementos del Cuerpo de Bomberos de Chimalhuacán enfrentaron el incendio en condiciones adversas, luchando contra ráfagas de viento y terreno irregular. El saldo fue un amplio tramo del cerro reducido a cenizas, troncos calcinados y un paisaje negro que evidencia la magnitud del siniestro. La intervención evitó que las llamas alcanzaran las viviendas, pero no logró apagar la indignación social.
Aunque no se reportaron personas lesionadas, el daño emocional permanece. Vecinos cuestionan la falta de vigilancia, la ausencia de prevención y la permisividad ante quemas clandestinas. Para quienes viven al pie del cerro, el incendio no fue un accidente aislado, sino la repetición de un riesgo ignorado que mantiene a las colonias atrapadas entre el abandono y el miedo.