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Por Ana E. Rosete
La ciudad de los baches no sólo es una ciudad mal pavimentada: es una ciudad mal gobernada en lo básico.
En la Ciudad de México llevamos años discutiendo quién tiene la culpa del desastre vial cotidiano, mientras los hoyos crecen, se multiplican y se normalizan. El problema no es únicamente la falta de asfalto; es la confusión —a veces conveniente— en la división de responsabilidades entre el Gobierno central y las alcaldías.
Las reglas existen. Las vías primarias son responsabilidad del gobierno de la ciudad; las calles secundarias y de colonia, de las alcaldías. Pero en la práctica, esa línea es borrosa para la ciudadanía y, peor aún, se ha vuelto una coartada política perfecta.
Cuando un bache aparece en una avenida grande, los alcaldes levantan las manos: no es mío. Cuando el daño está en una calle interior, muchas veces también miran hacia otro lado, escudándose en presupuestos limitados, prioridades cambiantes o simplemente en el desgaste natural. El resultado es un vacío de poder donde nadie responde y todos pierden.
Están los casos de Xochimilco, Tláhuac y Azcapotzalco, constantemente señaladas por el número de reportes ciudadanos. Pero hay un detalle clave que rara vez se dice con claridad: una parte importante de esas quejas corresponde a vías primarias, avenidas de alto flujo que atraviesan las demarcaciones y que la gente reporta sin distinguir —ni tener por qué hacerlo— si le toca al alcalde o al gobierno central. Claro está, eso no exime a las alcaldesas de su falta de responsabilidad ante las quejas.
El ciudadano sólo ve el bache. No el organigrama.
El problema es que esa confusión termina alimentando una narrativa tramposa. Los alcaldes acusan a la ciudad; la ciudad acusa al desgaste, al clima o a administraciones pasadas; y mientras tanto, las calles de las colonias —esas que sí son obligación directa de las alcaldías— siguen parchadas, remendadas o simplemente olvidadas.
Aquí hay una doble irresponsabilidad. Por un lado, una autoridad central que no logra mantener en condiciones dignas las arterias principales de la ciudad. Por el otro, alcaldes que se escudan en esa falla mayor para desatender lo que sí les corresponde. Es más fácil señalar la avenida destruida que explicar por qué la calle de la colonia lleva años sin mantenimiento.
El bache se volvió símbolo de algo más profundo: la incapacidad de coordinarse y asumir costos políticos.