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Por Gustavo Infante Cuevas
El boxeo volvió a recordarnos por qué es el deporte más impredecible y cruel del mundo. Subriel Matías, el hombre al que nadie había podido tirar, el campeón que caminaba hacia adelante como si los golpes no existieran, cayó de manera brutal en Brooklyn. Y quien lo hizo fue Dalton Smith, un británico que decidió no respetar el guion.

Desde el primer round, Smith no se achicó. En lugar de correrle al poder del puertorriqueño, lo enfrentó. Intercambió. Se plantó. Incluso sangró tras un choque de cabezas, pero nunca perdió la calma. Matías, fiel a su estilo, presionó, atacó y buscó romperlo a base de volumen. El problema fue que, esta vez, enfrente había alguien que pensaba dentro del ring.
En el quinto asalto llegó lo impensable: una derecha limpia mandó a la lona a Matías por primera vez en su carrera. Se levantó, pero ya no era el mismo. Otra derecha lo volvió a derribar y el réferi hizo lo correcto al detener la pelea. El “monstruo” estaba herido.

Dalton Smith no solo ganó un título mundial, ganó respeto. Le ganó a Matías con su propio juego: valor, resistencia y precisión. El boxeo no perdona la soberbia ni vive del pasado. En una noche, Brooklyn vio caer a un invencible y nacer a un nuevo campeón.
Así es este deporte: hoy eres indestructible… mañana, noticia de portada.