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Por Ricardo Sevilla
Lo que la rectoría de la UNAM intentó minimizar como una vulneración menor de cinco servidores, resultó ser la apertura de una “Caja de Pandora”. ¿Y sabe por qué? Porque los documentos filtrados no solo exponen corrupción, sino una cultura de impunidad institucionalizada.
Pero déjeme platicarle con datos duros: aquí el personaje central es Constantino de Jesús Macías García, actual director de UNAM-Canadá e investigador del Instituto de Ecología.
Y es que este sujeto no es un académico fortuito; es un producto de la endogamia universitaria. Hijo de un influyente trabajador de la institución y protegido del exrector Enrique Graue, su ascenso estuvo marcado por terribles señales de alerta que fueron ignoradas.
Y es que bajo su gestión en el Instituto de Ecología, una auditoría de 2018 detectó un agujero negro financiero: 15,443 millones de pesos provenientes de CONACYT cuyo destino nunca fue aclarado.
Pero en el extranjero también hizo de las suyas, el bribón.
Y es que en la sede de Canadá, los testimonios que han sido revelados pintan un cuadro tétrico que hasta parece feudo medieval.
Las acusaciones van desde el acoso sexual contra escritoras y diplomáticas, hasta un enloquecido racismo sistémico (un representante de México que desprecia lo “folclórico” y la cultura nacional).
Y no solo eso. Este personaje, que se daba vida de rajá, destinó uso de recursos públicos para lujos personales, como tecnología Apple, combustible para paseos privados.
Pero en la UNAM, como siempre, les valió gorro.
Y es que la respuesta de la administración de Leonardo Lomelí ha sido el silencio o la complicidad administrativa. Y es que, en el colmo de la estulticia, mientras las quejas por alcoholismo y abuso de poder se acumulaban, la UNAM le otorgó un año sabático a este tipo; es decir una licencia con goce de sueldo.
Aquí la pregunta fundamental es ¿cómo demonios fue que un académico con licencia para investigación esté, simultáneamente, ejerciendo funciones de mando en una sede internacional.