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Un tráiler con combustibles perdió el control y arremetió contra dos vehículos en la autopista Toluca–Atlacomulco, en la zona de Santo Domingo de Guzmán, en Ixtlahuaca
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
En el municipio de Ixtlahuaca la tranquilidad de la mañana se rompió con un estruendo que heló la sangre. Una pipa cargada con Gas L.P., convertida en una mole de acero sin control, se lanzó como bestia desatada contra dos vehículos que circulaban sobre la autopista Toluca–Atlacomulco, justo frente al puente de Santo Domingo de Guzmán. Bastó un impacto brutal para que el miedo colectivo explotara: el recuerdo de tragedias recientes regresó con fuerza y el pánico se extendió como una ola imparable.
Testigos hablan de segundos que parecieron eternos. “Fue como si el cielo se partiera, un golpe seco y luego todos gritamos… pensé que íbamos a morir quemados”, narró una mujer atrapada entre el caos, con la voz cortada por el susto. Los autos quedaron hechos chatarra, el asfalto dominado por metales retorcidos y el silbido amenazante de una pipa que, de haber estallado, habría convertido el lugar en un crematorio al aire libre.
La autopista quedó paralizada. Autoridades estatales, municipales, paramédicos y bomberos desplegaron un operativo urgente, rodeando la zona como si se tratara de un campo explosivo. Nadie se movía sin autorización. Cada paso era calculado; cualquier chispa podía detonar el infierno. El temor a una explosión alcanzó no solo a conductores, sino también a comunidades cercanas, que observaron con angustia la escena de desastre.
Milagrosamente, el saldo no fue mortal. Protección Civil confirmó tres lesionados, atendidos en el lugar, y descartó una fuga masiva de gas. Sin embargo, el terror vivió otro capítulo: cientos de automovilistas quedaron varados durante horas, muchos rezando, otros maldiciendo la vulnerabilidad constante en las carreteras mexiquenses.
“Hoy fue suerte… mañana quién sabe”, comentó un conductor aún pálido, mirando la pipa como si fuera una bomba que no explotó por capricho del destino. La pesada unidad y los coches destrozados fueron retirados con extremo cuidado, mientras el olor a combustible, el eco del golpe y el trauma colectivo permanecieron suspendidos en el ambiente.
La región quedó marcada por el susto, pero también por la reflexión amarga: cada pipa que circula por estas vías carga no solo gas… también la posibilidad de convertir una carretera en un cementerio ardiente. Esta vez la muerte pasó de largo, pero el miedo quedó instalado en todos los que vieron de cerca cómo el destino estuvo a punto de encenderse.