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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
La noche cayó con violencia sobre la carretera Toluca–Zitácuaro. Eran poco después de las nueve cuando el rugido de motores se mezcló con un golpe seco, brutal, demoledor. José Alexis, un joven de apenas 22 años, jamás imaginó que ese trayecto sería el último. Un automóvil lo impactó arriba de su motocicleta con fuerza descomunal y, en lugar de frenar, el conductor pisó el acelerador, convirtiendo el asfalto en instrumento de tortura.
Los testigos aún tiemblan al recordar la escena. “No solo lo atropelló… lo arrastró como si no fuera una persona. Se veía el cuerpo debajo del coche, golpeando contra el pavimento. Era una pesadilla”, narró un automovilista que presenció el horror frente al hotel Hacienda Santo Tomás. Otro conductor agregó: “Gritamos, pitamos, hicimos señas… pero el tipo no volteó, no dudó, solo huyó”.
Durante más de cien metros, el cuerpo del joven fue arrastrado con violencia inhumana hasta que, destrozado por el impacto y la fricción, quedó tendido sobre la cinta asfáltica. El silencio posterior fue aún más escalofriante que el estruendo inicial. Cuando paramédicos del SUEM arribaron, solo pudieron confirmar lo inevitable: no había nada que hacer. La muerte había ganado la carrera.
Policías municipales acordonaron el área mientras las luces de patrullas y ambulancias iluminaban la tragedia. El olor a gasolina, metal y dolor quedó suspendido en el aire. Peritos de la Fiscalía mexiquense realizaron el levantamiento del cuerpo, documentando cada herida, cada fractura, cada huella de la crueldad cometida.
Mientras la familia enfrenta la noticia más devastadora, las autoridades intensifican la búsqueda del responsable. En Villa Victoria no solo se habla de un accidente: se habla de un acto de barbarie, de una vida segada y de un conductor que decidió escapar, dejando una comunidad indignada y un pavimento marcado por la muerte.