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Por Eduardo López Betancourt
Conviene asumir con plena seriedad que el gobierno actual, en todas sus dimensiones, en-cuentra sustento histórico y moral en quien es reconocido como el principal impulsor de la democracia mexicana: el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
No debe olvidarse que el destacado michoacano obtuvo una victoria clara y contundente en las elecciones presidenciales de 1988. Sin embargo, su triunfo fue arrebatado mediante una maniobra fraudulenta orquestada por su adversario, el impresentable Carlos Salinas de Gortari, con la complicidad de Miguel de la Madrid, cuyo gobierno se caracterizó por la simulación y el silencio cómplice.
Lejos de convocar a la confrontación inmediata o a la protesta generalizada, Cárdenas optó por la ruta de la prudencia, la responsabilidad y la visión de Estado. Su madurez política lo llevó a impulsar un amplio movimiento nacional orientado a la democratización del país. Como primer paso, fundó el PRD, institución que, con el tiempo y bajo dirigencias ineptas e irresponsables, perdió su rumbo original. No obstante, dicho partido se convirtió en el ante-cedente para el surgimiento del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), organiza-ción que hoy cosecha los frutos de aquella semilla que terminó por cubrir gran parte del territorio nacional.
Los militantes y dirigentes de Morena no pueden, ni deben, negar la trascendencia histórica del ingeniero Cárdenas. Por el contrario, están moral y políticamente obligados a reconocerle, de manera permanente, el papel decisivo que desempeñó en el cambio profundo de México.
Recientemente, el siempre lúcido y respetado ingeniero Cárdenas formuló una recomendación al gobierno: abrir el diálogo con todos los sectores de la sociedad. Escuchar a las minorías y, en general, a los distintos grupos sociales sin distinción de condición económica o nivel social, resulta imprescindible para construir un gobierno verdaderamente incluyente, orientado al bienestar colectivo y al desarrollo nacional.
Atender este llamado patriótico es una responsabilidad ineludible. México es una nación compleja y diversa, marcada por profundas diferencias sociales, económicas y culturales, así como por trayectorias personales que en ocasiones derivan en posturas extremas. Sin embargo, el mexicano es, ante todo, un ser pensante, crítico y comprometido con su realidad.
De ahí que resulte fundamental escuchar todas las voces con atención, traducirlas en políticas públicas efectivas y materializar las orientaciones siempre sensatas del gran patriota que puede ser considerado, sin exageración alguna, el demócrata más relevante del siglo pasado y de lo que va del presente.