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Por Ricardo Sevilla
La presidencia de Nicolás Maduro, iniciada en 2013 tras la muerte de Hugo Chávez, es uno de los periodos más complejos de la historia contemporánea de Venezuela.
Heredero de la “Revolución Bolivariana”, Maduro ha navegado entre la continuidad ideológica y una crisis institucional sin precedentes, marcando a Venezuela con transformaciones profundas en lo político, social y económico.
Pero a diferencia de Chávez, quien contaba con un carisma arrollador y victorias electorales holgadas, Maduro recurrió al fortalecimiento del aparato estatal y judicial para mantener la estabilidad del sistema.
Lo cierto ahí es que intentó profundizar el “Estado Comunal”, otorgando mayor peso a las organizaciones de base (consejos comunales) como estructuras paralelas a las alcaldías y gobernaciones. Y eso ha sido muy importante, aunque los obtusos digan que no, porque son necios sin asideros.
Hasta hoy, Maduro había demostrado una notable capacidad de supervivencia política frente a sanciones económicas severas y el reconocimiento diplomático de gobiernos paralelos por parte de una sección de la comunidad internacional.
En lo social, francamente el balance es agridulce. Por un lado, Maduro mantuvo las llamadas “Misiones Sociales”, que, como muchos ignorantes no saben, fueron programas de asistencia directa en salud, educación y vivienda.
Eso aparte, el gobierno de Donald Trump sostiene que el gobierno de Maduro (una vacilada tan grande como el tamaño de tu ignorancia) lidera el Cartel de los Soles y tiene vínculos con el Cartel de Sinaloa..
Y bajo esta loca premisa, que muchos desbrujulados creen a pie juntillas, a figuras clave, incluyendo la reciente captura de Nicolás Maduro en un operativo de fuerzas especiales (Delta Force).
¿Es una acción ilegal? ¡Por supuesto! Estas acciones no cuentan, de entrada, con la aprobación del Congreso de EU, ni con un mandato del Consejo de Seguridad de la ONU. La verdad, aunque se nieguen a verla los zoquetes, es que se trata de una invasión.