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Por Eduardo López Betancourt
Recientemente se dio a conocer la muerte de un agente de policía que acudió a un llamado de auxilio en un domicilio ubicado en el exclusivo barrio del Pedregal de San Ángel.
Este hecho coincide con el asesinato de otro elemento del orden público en la ciudad y puerto de Acapulco. La reacción de las autoridades ante estos sucesos suele ser la misma: se asegura que el crimen no quedará impune y se expresan condolencias a los familiares. Sin embargo, suele omitirse un aspecto fundamental: la obligación de otorgar una indemnización digna y suficiente a las familias de los caídos, donde con frecuencia existen menores de edad en situación de vulnerabilidad.
Estos acontecimientos, lejos de ser excepcionales, se han vuelto recurrentes. Las agresiones contra las fuerzas policiacas son cada vez más frecuentes, lo que obliga a replantear seriamente las condiciones en las que desempeñan su labor. Resulta indispensable que cuenten con un alto nivel de protección integral, no solo en el ámbito económico, sino también mediante prestaciones adecuadas: servicios médicos de calidad, apoyos para sus familias, espacios de convivencia y, sobre todo, una sólida preparación profesional que les permita enfrentar y repeler con eficacia las agresiones delictivas.
Este último punto es esencial. Los cuerpos policiacos deben estar debidamente capacita-dos; la improvisación debe erradicarse y la actividad policial asumirse como una auténtica profesión. Existen ejemplos claros a seguir: en países como España, los policías se forman en academias e internados de alto nivel, a los que acceden los mejores aspirantes. Un caso emblemático es la academia ubicada en la Ciudad de Ávila, cuya existencia ha contribuido a mantener elevados estándares de preparación y, con ello, un importante nivel de respeto social.
Este aspecto resulta crucial, pues en México persisten conflictos cotidianos entre policías y ciudadanos, derivados en gran medida de la falta de autoridad moral y profesional de los primeros. Es verdaderamente vergonzoso observar discusiones lamentables entre agentes y particulares, fenómeno que refleja una realidad innegable: en términos generales, la sociedad mexicana no confía en su policía. Puede afirmarse con certeza que cuando los cuerpos de seguridad cuenten con una preparación adecuada y su labor sea dignificada de manera constante, el pueblo les brindará no solo respeto, sino incluso reconocimiento y simpatía.
La improvisación en la integración de los cuerpos policiacos debe desecharse de manera definitiva. Ello no impide, lamentar que algunos de sus integrantes continúen siendo vilmente asesinados en el cumplimiento de su deber.