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REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
Con el inicio del año, la celebración se transforma rápidamente en preocupación. La cuesta de enero vuelve a instalarse con fuerza en los hogares mexicanos y, con ella, reaparece una escena cada vez más común: largas filas afuera de las casas de empeño.
Este sector se prepara para un repunte de hasta el 50 por ciento en la demanda, impulsado por familias que necesitan resolver gastos urgentes sin acceso a créditos formales.
Para muchos no se trata de una decisión voluntaria, sino de una medida obligada. Vecinos y padres de familia reconocen que los recibos de servicios, el predial, colegiaturas y los últimos pendientes de Reyes Magos no esperan. “Es esto o quedarnos sin pagar. Aquí, por lo menos, sales con dinero el mismo día”, comenta una madre de familia que llevó una laptop como garantía.
El atractivo principal de estos establecimientos radica en su rapidez: no piden historial crediticio ni trámites prolongados. Se empeña lo que se tiene a mano: cadenas, relojes, aparatos electrónicos, instrumentos o herramientas de trabajo.
También hay quienes acuden con un objetivo distinto: buscar regalos a menor precio, en vitrinas donde se acumulan artículos en buen estado, pero fuera del alcance del mercado formal.
Sin embargo, detrás de esta dinámica también hay resignación. Para muchas familias, empeñar significa desprenderse temporalmente de bienes con valor económico y emocional. Es la prueba de una economía doméstica frágil, sostenida entre la esperanza de recuperar lo entregado y la urgencia de no colapsar financieramente. Enero se convierte así en una prueba de resistencia, donde el empeño deja de ser recurso ocasional para convertirse en herramienta cotidiana de supervivencia.