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Un sujeto armado sometió a nueve estudiantes de secundaria en una de las zonas más inseguras del municipio de Coyotepec; bajo amenazas, el agresor los despojó de sus pertenencias y se llevó la unidad con el conductor
REDACCIÓN
GRUPO CANTÓN
En el municipio mexiquense de Coyotepec, el recorrido cotidiano de una combi escolar se transformó en un episodio de terror cuando un sujeto armado interceptó la unidad y robó a los jóvenes pasajeros, además de llevarse el vehículo.
De acuerdo con reportes oficiales, el hecho ocurrió contra alumnos de la escuela secundaria “José Vasconcelos”, en la zona conocida como “La Renda”.
El trayecto era corto, rutinario, casi automático. Bastaron unos segundos para que la normalidad se rompiera a filo de navaja. El interior de la combi se convirtió en una jaula de miedo, sudor y amenazas cuando el agresor tomó el control del vehículo y de las vidas que viajaban dentro.
El sujeto subió sin levantar sospechas, pero tras avanzar unos metros sacó una navaja y la colocó con fuerza en el cuello del conductor. “Si no obedeces, los mato”, gritó. El silencio se apoderó de los adolescentes: algunos lloraban; otros quedaron paralizados, con la mirada fija en el metal que brillaba a centímetros de la piel.

Uno a uno fueron despojados de celulares, mochilas y dinero. A una estudiante le arrancaron el teléfono con tal violencia que cayó al piso con la muñeca sangrando. “Pensé que ahí se acababa todo”, relató una de las víctimas, aún con la voz temblorosa. “Nos decía que sabía dónde vivíamos”.
El horror no terminó con el robo. En la carretera, el agresor ordenó que los jóvenes descendieran a empujones. Antes de cerrar la puerta lanzó la amenaza final: si hablaban, regresaría por ellos. La combi arrancó de nuevo, esta vez con el conductor convertido en rehén. Desde entonces, se desconoce su paradero.
Los estudiantes caminaron desorientados hasta encontrar auxilio. Algunos presentaban raspaduras; otros, manchas de sangre en la ropa producto del forcejeo. Ninguno pudo contener el llanto al lograr comunicarse con sus familias.
La reacción vecinal fue inmediata. Padres, madres y habitantes de la zona denunciaron que el ataque no fue un hecho aislado. “Aquí los asaltos son diarios, pero ahora se atrevieron con nuestros hijos”, reclamó un vecino. “Vivimos en tierra de nadie”.
La falta de información oficial y el silencio sobre el paradero del conductor han intensificado la indignación social. Para los vecinos, la violencia ya no es una estadística: es una herida abierta que se sube todos los días al transporte público sin que nadie la detenga.
