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México

Patrona, la virgen Lupita, en vez de la diosa Tonantzin

Tepeyácac se le llamó en tiempos de la conquista al cerro y a todo el lugar donde hizo acto de presencia la Virgen de Guadalupe ante el indio Juan Diego. Sitio sagrado para los naturales que conservaban en su memoria las antiguas tradiciones.

Hoy dirán lo que quieran los entendidos en el antiguo México y esos extranjeros que dizque ya descubrieron el origen de los indios. En estas breves líneas, nosotros sólo referiremos lo que se decía en la época en que se registraban estos acontecimientos, y quedó escrito en interesantes manuscritos descubiertos por don Ignacio Cubas, jefe del Archivo General.

Cerro de la Nariz, así le pusieron los españoles al figurárseles que el cerro parecía una gran nariz. La parte que habían escogido los indios para adorar a la diosa Tonantzin (“Nuestra madrecita”, en náhuatl), se podría decir, era el remate o pico de esa colosal nariz, y lo que seguía era el abismo.

A Tonantzin, la iban a adorar en romería desde lejanas tierras multitudes de indios. Delante de la diosa, labrada en un gran trozo de granito, cierto día del año hacían ceremonias y bailes, y terminaban las fiestas con el sacrificio de cien niños, cuyas edades fluctuaban de un mes hasta dos años, que eran degollados en una piedra de sacrificios, con cuchillos de cuarzo y de obsidiana. La diosa enfurecía si no se le hacía el tributo de esta sangre inocente, y amenazaba con lluvias con granizos y otras calamidades a quienes se resistían a llevar a sus hijos.

Las madres, a pesar de sus lastimeros sollozos, que algunos historiadores dicen que se oían hasta Texcoco, se apresuraban a llevar a sus pequeños hijos y los entregaban a los sacerdotes de la diosa.

Pero un día, después de algunos años de la conquista, Tonantzin desapareció del Cerro de la Nariz, y los sacerdotes espantados, llamaron en su auxilio a Tláloc y a Huitzilopochtli; pero todo fue en vano.

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Poco después, en vez de la diosa Tonantzin apareció en el cerro una hermosa doncella vestida con el traje de las nobles indias, que prometió a los naturales su protección y exigía, en vez de sangre, las rosas y las flores silvestres de los campos. Finalmente, la Virgen de Guadalupe quedó como patrona de los indios en vez de la diosa Tonantzin.

Esta tradición llegó viva a muchos indígenas, y su ignorancia confundía a la Virgen de Guadalupe con Tonantzin, o, mejor dicho, creían que eran una misma divinidad dividida en dos protectoras distintas. Creían que si contentaban a una, molestaban a otra, por lo que buscaban adorarlas y tener contentas a las dos. Con el tiempo los indios olvidaron esas tradiciones y manías antiguas; y comenzaron a profesar una profunda devoción a la Virgen de Guadalupe.

José Luis García Cabrera | Grupo Cantón

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