Graba su suicidio y falla

Graba su suicidio y falla

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Foto, internet
Un joven de Jonuta intenta escapar por la puerta falsa, trasmite por Facebook su acción. Padres angustiados lo salvan

Por: FREDY PAREDES/ CARLOS CORONEL

JONUTA, TAB.— Los amigos del «Gordo», «Gordito» o Dani, como lo llaman cariñosamente, no podían creer lo que estaban viendo en la cuenta de su Facebook: el «carita de niño bueno» estaba transmitiendo su suicidio a través de su celular, en vivo y en directo, como quien dice.

Daniel Alfredo Chan Hernández no traía su clásica gorra enfundada en su redonda choya, tampoco esa sonrisa que lo pintaba entero y sacaba mucha ternura a sus amigas: estaba sin camisa, mostrando sus carnes flácidas y una cara más dura que una piedra.

Con sus manos se colgó de un hamaquero de acero mientras con palabras entrecortadas se despedía de sus parientes y amigos, que lo estaban viendo: “Ahora sí, familia… gracias por tanto apoyo… hoy… hoy decidí algo más…»

Lentamente dejó caer su pesado cuerpo al tiempo que la respiración se dificultaba y el rostro se le hinchaba como un globo. Sus ojos como hipnotizados no dejaban de ver a la cámara de su celular, que seguía transmitiendo.

«¡No lo hagas, ‘Gordo’», «¡vamos a hablar!», «primo, ¿qué sucede, qué te pasa?», eran los mensajes que el licenciado en administración podía aún leer, desde que había comenzado el suplicio, porque ahora lo sabía mejor: decir adiós a lo que más se quiere es una tortura que remueve todo el dolor del mundo, todos los malos recuerdos, todas las decepciones acumuladas.

Parecía ayer que el americanista de corazón había escrito en su muro de Face, como si fuera una plana de castigo o una lección que no debía olvidar: «no debemos llorar por una mujer », «carnales, debemos vivir hasta morir», «ella no es mía, tampoco soy suyo, lo nuestro es temporal». Pero ahora «el carnalito » estaba ahí, tratando de colgar su humanidad como si fuera un par de viejos tenis que se tira al cableado de luz porque ya no sirve.

Por suerte, alguien de sus amigos que seguía la transmisión, se comunicó con su madre al celular, a esa hora ella también por fortuna estaba despierta y fue corriendo a tamborear la puerta.

«¡Dani, Dani!», exclamó tras el paso de metal. Percibió un silencio sordo que la alarmó y fue inmediatamente a buscar a su marido, y con un cuchillo cebollero destrabó el pasador.

«¿Qué haces», dijo su padre mientras se avalanzaba a cortar la lía. Los labios de Dany habían comenzado a ponerse morados.

«¿Qué p.. m… te pasa, hijo de tu…?», y lo planea con un lado del cebollero. «Dale, dale en la… por andar asustando a la gente nada más», recrimina su madre.

«Ve, nada más la hora que es, ¿qué es lo que tienes, qué idioteces tienes hijo de tu ch…?», grita el padre mientras la madre sorraja a Dani otro par de cachetadas.

«¿Estás bien o qué?, di la verdad ¿estás drogado o qué?», interroga la sobresaltada anciana. No comprende cómo es que su hijo, tan bien portado y trabajador, les de estos sustos.

Los amigos de Dani están escribiendo en el chat de su Face. Ruegan a los padres que no le peguen, que lo oigan, que lo quieran y lo abracen. Que den gracias a Diosito que está bien. Pero la trasmisión se interrumpe porque el iPhon cae al suelo, donde por fortuna, el cuerpo de Dani no cayó.