Maracanazo, las dos caras de la moneda

Maracanazo, las dos caras de la moneda

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PARA URUGUAY ES LA MÁXIMA GLORIA, Y EN BRASIL UNA HERIDA QUE NO SANA; FAMILIARES DESEMPOLVAN MEMORIAS

Por: EDER ARREORTÚA

Ciudad de México.- Dentro y fuera del campo la palabra honorabilidad tenía mucho sentido. Aquel día, fatídico para Brasil, histórico para Uruguay, aún hace mella en lo más profundo de las dos naciones. Social, cultural, económica y, sobre todo, futbolísticamente, el recuerdo de la Final de 1950 en el mítico Maracaná trasciende a segundas y terceras generaciones.

Hoy se cumplen 70 años del Maracanazo, un capítulo que ha quedado marcado en el futbol y en el deporte mundial como uno de los actos más manifiestos de sentimiento puro, de estupor y de firmeza.

El campeonato de 1950 tenía como favorito a la verdeamarelha, que le propinó una goleada 4-0 a México en su debut; tuvo un empate 2-2 ante Suiza y cerró la primera Fase del Grupo 1 con un 2-0 sobre Yugoslavia. Luego, en Fases Finales, los anfitriones se sirvieron con la cuchara grande: a Suecia la derrotaron 7-1 y a España 6-1. Pasaron a la gran Final con un monto de 13 dianas en solo dos partidos. El Goliat de esta historia estaba en plan intratable.

Del otro lado, el modesto representativo de Uruguay, ubicado en el Grupo 4 junto a Bolivia, cumplió con su trámite vapuleando 8-0 a La Verde; las otras dos selecciones desertaron. En Fase definitiva, España estuvo a nada de eliminarlos, pero el capitán Obdulio Varela hizo el empate 2-2, luego, frente a Suecia, de último minuto, lograron el 3-2 que los llevó a la Final.

EL CAMPEÓN

Todo estaba puesto para que Brasil fuera el campeón; un empate le bastaba para coronarse en un evento que desde 24 horas antes ya había ensayado la entrega de la Copa del Mundo con los de casa como protagonistas.

Entender un poco el futbol es tener claro que ganar o perder no es sólo un trámite; que fuera y dentro del campo las diferencias se diluyen, y en el Maracaná, junto a esas diferencias, los sueños del anfitrión se esfumaron en un chasquido.

Brasil dominó la primera mitad; abrió el marcador cuando Friaça anotó para despertar el júbilo de los de casa, pero, al minuto 66, Juan Alberto Schiaffino igualó, y al 79´, un ataque entre Alcides Ghiggia y Julio Pérez, por la banda derecha, supuso la remontada.

Hoy, a 70 años de aquella hazaña brindada ante más de 200 mil espectadores, récord en asistencia a un partido de un Mundial, casi todos brasileños, Rodrigo Pérez, nieto de Julio, habla de las impresiones de un evento que trascendió no sólo en él, en toda una sociedad; sin embargo, en el día a día, en la cotidianidad, su abuelo y aquella generación se encargaron de empotrar muy bien los pies a ras del suelo, sin presunción alguna. La arrogancia que en cualquier sociedad pudo representar esta gloria, resultó insulsa para ellos.

“Aquí en Uruguay, el Maracanazo simbolizó un evento cultural muy importante para nuestra identidad. En la familia, el abuelo, como todos los integrantes de aquella selección, nos enseñaron a llevarlo con mucha naturalidad, con sencillez y humildad. No les gustaba ostentar ni sacar chapa de eso; no se sentían cómodos sentándose en un pedestal. Los líderes de ese grupo: Obdulio Varela, Aníbal Paz, Roque Gastón Máspoli, quienes eran los más experimentados, eran personas sencillas y siempre inculcaron esa sencillez, el trabajo, el juego colectivo y la lealtad.

“Eso fue la clave para lograr la gesta, porque si bien en el juego intervienen muchos factores para que se dé el triunfo o el fracaso, cuando hay valores en común, ayuda mucho”, cuenta Rodrigo.

Aquel Maracanazo dejó el sentimiento de tristeza en lo más profundo del caído, tan profundo que lo heredó, pero a la vez fue tan extenso que el triunfador lo compartió. El nieto de Julio, hoy entregado al futbol amateur, habla de esa herencia, de la nobleza del saber ganar, la cual representa un oasis en un mundo como el balompié moderno.

“A lo lejos, gran parte de los uruguayos sentimos empatía por aquel Brasil, aquí sentimos mucho más que una falsa modestia, a nosotros nos duele el hecho de que mucha gente se suicidara, que se condenara a jugadores, como al mismo Barbosa, que decía que ‘en Brasil no existe la pena de muerte; alguien que mata tiene 30 años de cárcel, y a mí que no pude evitar un gol, estoy pagando una cadena perpetua’. A mi abuelo siempre le dolió que un colega pasara por un castigo así” .

Y cuando sé es Campeón ante tales circunstancias, no todo puede ser miel sobre hojuelas; las generaciones sucesivas de futbolistas uruguayos tuvieron que pagar una cara factura después de aquel cetro.

“A las selecciones venideras post-Maracaná, les tocó cargar con el peso y la fama de la Garra Charrúa, los jugadores comenzaron a alimentar la característica de asistir al coraje, a la rebeldía, e incluso a la trampa, a la picardía, por estar en medio de dos potencias futbolísticas como los son Brasil y Argentina. “El Maracaná nos había dejado el mensaje de que éramos los mejores, los más grandes; entonces, a las siguientes generaciones se les exigía que se lograra algo similar y conforme crecieron los medios de comunicación la exigencia también crecía; si Uruguay no llegaba a una Semifinal era un fracaso, pero en la última década, con Tabárez, hubo ya una reconciliación”, concluye.

LA DESGRACIA

El portero Moacir Barbosa Nascimento ganó siete campeonatos nacionales en Brasil, además de un Sudamericano y el Campeonato Sudamericano de Campeones, la gran mayoría con el Vasco de Gama, el club de sus amores; sin embargo, su intervención en el llamado Maracanazo marcó su carrera y su vida, luego de que gran parte de la sociedad brasileña le culpó de aquella debacle.

“Cuando conocí a Moacir Barbosa no sabía quién era él, primero nos hicimos amigos, él estaba pasando por muchos problemas, había perdido a su esposa, no tenía donde vivir y nosotros le ayudamos. Yo siento mucho orgullo por lo que él ganó, todo lo que disputó lo ganó, fue el primer Campeón Sudamericano en 1948, pero las personas sólo se acuerdan de la única vez que él perdió, y se olvidan de sus grandes glorias”, cuenta Tereza Borba, quien fue hija adoptiva de Barbosa.

Hoy, 70 años después de aquel episodio, aún hay llagas que se resisten a cerrar por completo, la sociedad brasileña guarda nítidos recuerdos de aquella desgracia, y al oriente de Sudamérica prefieren no hacer alarde del que hoy en día se recuerda como uno de los capítulos más majestuosos a nivel deportivo. Tal vez el mejor.