La ciudad que se nos fue: La calle de Uruguay

La ciudad que se nos fue: La calle de Uruguay

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CIUDAD DE MÉXICO.– En los años sesentas y setentas, en la calle de Uruguay y Bolívar, en el perímetro del centro de la capital, las narices percibían los olores del Café Tacuba, tradicional santuario del más exquisito aroma de granos nacionales, de Chiapas y Veracruz y testigo de las charlas de hombres ilustres, literatos, pintores, toreros sobre todo y artistas de cine.

En esa misma calle de Uruguay, rumbo a San Juan de Letrán (hoy Lázaro Cárdenas) estaba la ostionería Guaymas, de don Rafael Ruelas, que atendía junto con sus hijos Pánfilo, Rafael y Felipe.

Un lugar donde se podían comer mariscos del día y guisos exquisitos como el arroz en su tinta (de pulpo). En el perímetro había más negocios de mariscos a preciosos baratos. Las ostionerías casi desaparecieron y fueron sustituidas por restaurantes especializados en esos productos con precios impopulares.

Otra moda de aquellos tiempos, eran las cervecerías en varios puntos del Centro Histórico y su periferia. La competencia convocaba a los parroquianos con la popular “rifa del pollo”. Aquellos que consumía de 5 cervezas por mesa, se les daba un boleto con un número y todos esperaban cuando el mesero gritaba: “La rifa del pollo” y empezaba a mencionar números “y el ganador de la sabrosa ave rostizada es para la mesa que tiene el número 9”. La gritería, el júbilo se mezclaba con las cheves. Esa cervecería se llamaba La Ola.

Si no tenías dinero para entrarle a la “rifa del pollo” y tu estómago hacía estragos, dabas vuelta en San Juan de Letrán (repito hoy Lázaro Cárdenas), estaba un túnel entre Uruguay y República del Salvador donde estaban las tortas de don Samuel, de milanesa, jamón con queso, riquísimas y por un peso, y la devorabas junto con un refresco que se llamaba Lulú.