UN MENSAJE DEL MÁS ALLÁ

UN MENSAJE DEL MÁS ALLÁ

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Por: Lino Ávila |

El taxista, al enterarse que el servicio era por la zona del panteón Dolores, lo pensó, finalmente accedió y comentó el motivo por el cual, en primera instancia, se había negado.

– Disculpe ni resistencia, pero le voy a comentar la circunstancia por lo que no quería llevarlo.

Un domingo por la noche pasé frente al panteón Dolores, una mujer de unos 40 años me hizo la parada. Era llenita, morena, de cara simpática, el pelo pintado de rojo, ojos grandes y creo eran verdes, incluso le podría afirmar que las lágrimas le brotaban. Vestía un pantalón de mezclilla, un suéter y unos aretes muy grandes, en la mano traía un sobre de carta; en la otra, un pañuelo con el que se limpiaba el rostro.

Desde que subió se notaba angustiada, incluso su voz estaba como quebrada, volteaba a todos lados. Como la noté nerviosa no le hice la plática, percibí un escalofrío que invadió mi cuerpo, pensé en ese momento me iba a dar gripe. Posteriormente, yo también iba nervioso.

Nos dirigimos atrás del Metro Juanacatlán, en la esquina me ordenó parara y esperara, ya que sólo entregaría un recado, que no entraría a la casa. Aunque había luna llena, la calle estaba oscura, el inmueble se veía triste, un foco de bajo voltaje alumbraba la entrada, como que irradiaba melancolía. Alcancé a percibir que había un moño negro grande en la puerta. Las luces del interior estaban apagadas.

La dama tocó la puerta hasta el cansancio, unos 20 minutos, por lo que decidí apagar el motor del taxi. Pese a estar cerca del Metro, la calle estaba solitaria, la poca gente que circulaba me veían raro, sin decir nada. En la puerta principal de la casa hay tres escalones, donde la señora se sentó y sollozó hasta agotarse.

No sabía cómo consolarla, pues desconocía qué le pasaba y no era el momento de preguntarle. Bajé del vehículo, le tomé el brazo para levantarla y a manera de consuelo se me ocurrió decirle que regresara al otro día, o bien que les llamara por teléfono más tarde, pues claramente se notaba que no había personas en la casa. Me pidió la esperara, pues insistiría otros minutos. Tocó fuertemente la puerta, incluso con una moneda tocó la ventana, nadie acudió abrir.

El llanto nuevamente la invadió y subió al taxi, pidiéndome la llevara al lugar donde la había recogido. En el transcurso no dejaba de llorar, le recomendé que, si era muy importante su recado, se comunicara por teléfono o regresara después. Respondió que no podía regresar, su permiso terminaba en unos minutos, y por teléfono era imposible comunicarse.

Ante tal sollozo y desesperación, para tranquilizarla le dije que si deseaba yo regresaba más tarde a entregar el recado. En su cara desolada hubo un gesto de esperanza, entre sus mejillas húmedas brotó una sonrisa. Me suplicó no dejara de hacerlo, pues era muy importante entregar esa carta.

La dejé frente al panteón Dolores, me sonrió a manera de agradecimiento y nuevamente me pidió no olvidar el favor, pues era importante entregársela al señor Armando, su esposo. Me pagó lo que marcó el taxímetro y me dio una propina por el recado.

Algo no me checó cuando se retiró, cómo es que el tal Armando era su esposo y ella estaba angustiada buscándolo, ¿Qué no debían estar juntos?, pues era un día familiar; además, si eran esposos, ¿Por qué ella no podía regresar?

Mi mente dejó de pensar tales cuestionamientos, pues otros pasajeros me solicitaron los llevara al norte de la ciudad, tomé todo el Periférico, por lo que me fue imposible regresar a dicha casa. Como era noche, decidí retirarme a mi casa, ni me acordé de la carta.

Cuando mi viejita me servía la cena, recordé el recado, me dio flojera tomar el taxi y decidí que al otro día llevaría la carta. Esa noche no pude dormir, recordaba la angustia de la señora, su llanto, su cara, su angustia, su urgencia por entregar su recado.

Me sentía el hombre más mezquino, pues ni un recado podía dar y si en verdad era importante y yo acostado. Apenas amaneció tomé el carro y me dirigí al inmueble.

Quizá era la luz del amanecer, pero la casa tenía otra fachada, se veía tranquila, pacífica, incluso algunos pájaros merodeaban el jardín, las rosas bañadas de rocío emitían un aroma suave. El moño negro no se veía tan terrorífico como la noche anterior.

Apenas toqué salió un hombre, pregunté por el señor Armando. Me contestó: “Yo soy”. Me presenté y me disculpé por no haberle entregado la carta un día antes, pues le dije, los clientes me llevaron hasta el norte de la ciudad. Le comenté que la noche anterior, cerca de las nueve, su esposa había tocado durante media hora y al ver que nadie abrió, me había encargado entregarle el recado.

El señor estaba pasmado, sus ojos se abrían cada vez que yo hablaba, pues comentaba que la señora estaba muy angustiada, incluso que estuvo llorando en las escalinatas de la entrada. Al señalarle el piso, descubrimos un arete que traía la señora puesto. El esposo lo tomó sorprendido, no hablaba. Yo estaba apenado por haber entregado la carta a destiempo y nuevamente me disculpé. Yo pensaba que el recado había llegado muy tarde, por lo que decidí retirarme.

Cuando encendía el motor del taxi, me alcanzó, me preguntó cómo era la persona que había tocado la puerta, se la describí. Me comentó que efectivamente era su esposa, que tenía 10 días de fallecida y el arete que encontramos se lo llevó en el ataúd, que estaba sepultada en el panteón Dolores. Abrió el sobre y más sorprendido exclamó: “Es su letra. La conozco perfectamente”. Me preguntó si me había comentado algo; respondí que no. Ya con el espanto encima, aceleré y no me volví a parar por esa calle.

– ¿Qué decía la carta?

– ¡No lo sé!, no tuve la curiosidad de leerla, a veces me pregunto: ¿Por qué no leíste la carta?, ¿Para qué te fuiste, le hubieras preguntado al señor qué onda?, ¿En verdad estaba muerta?, Pero me he de morir con esas dudas. La señora nunca me espantó, me pagó el servicio, no había nada de raro.

Cada que paso frente al panteón Dolores viera que las personas me solicitan el servicio, pero no me paro; el otro día había mucho tráfico vehicular, por lo que un niño de unos 10 años se me acercó y me rogó lo llevara por a La Merced, obvio, le dije que no, pues es raro que un niño solo tome un taxi y menos lo subo frente al cementerio.

Yo digo que no me quieren espantar, pero desean los lleve en mi taxi a realizar sus pendientes y yo no estoy dispuesto; y cada que paso siento escalofrío, pero ni volteo, mucho menos subo gente y viera que muchos se quieren subir, pero ni aquí ni de otros panteones subo personas, y por favor vamos a cambiar de tema porque ya me estoy poniendo nervioso.