A fumar la pipa de la paz con respeto y libertad

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Jetzael Molina Sedeño

 

Recuerdo aquella tarde en la que me encontré con mi delaer en la estación del metro Coyoacán. El encargo, 50 pesos de mota “de la buena”, de esa que pone con tres jalones. El intercambio se dio sin ningún imprevisto. Después de esa breve reunión me dirigí a la zona de Culhuacán para reunirme con una amiga que no veía desde hace tres años.

Contento con la mercancía que llevaba porque era mi consumo para todo el mes, me dirigí al barrio donde vive mi amiga Adriana, por allá en la Sección de la Unidad Infonavit Culhuacán, muy cerca del Bachilleres Plantel 4, institución en donde nos conocimos. Emocionado por el reencuentro, estaba a la espera de su presencia en el parque que está dentro de la unidad habitacional.

Un fuerte abrazo fue la expresión más genuina que nos regalamos, las sonrisas invadían nuestras caras, estábamos felices de vernos una vez más, impacientes por conocer lo que habíamos hecho en esos últimos años.

Nos quedamos en la explanada de los edificios que se encuentran entre la avenida Rosa María Sequeira y avenida de la Virgen. La plática transcurría y un frío otoñal nos golpeaba por la espalda. Le comenté que antes de verla había tenido una cita importante con mi dealer. Entre risas Adriana temblaba, el aire gélido la hacía vibrar. Ella me pidió mi chamarra, yo accedí y ella se la colocó sobre el cuerpo.

Brotaban historias de nuestra boca, el tiempo parecía congelarse en cada una de las palabras que expresábamos. Sin embargo, algo más frío nos sorprendió por la espalda. La presencia de tres policías de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México acechaban el lugar. Rápidamente me di cuenta de que en la chamarra se encontraba la bolsa de marihuana que había adquirido.

Los tres elementos de seguridad se acercaron al lugar donde estábamos sentados platicando de la vida y del amor. Jóvenes buenas tardes, venimos a hacer una inspección”, dijo uno de ellos; una mujer policía sobresalía de aquel trío que se encontraba en un operativo implementado en ese preciso momento.

Me quedé “frito” debido a la situación en la que nos encontrábamos. A pesar de eso cuestioné por qué tenían que revisarnos cuando solamente estábamos platicando, sentados sobre una banca en el parque del barrio. Simplemente no les importó, “de espaldas joven vamos a revisar”, me examinaron de arriba abajo y no encontraron nada.

La mujer policía estaba a punto de revisar a mi amiga cuando les advertí que dentro de la chamarra se encontraba una bolsa con hierva verde. “Lo que está dentro de esa chamarra es mío, ella no tiene nada que ver. Es mota que compré, porque soy consumidor.”

Los policías rápidamente revisaron los bolsillos, su actitud era como si hubieran encontrado un tesoro, una grandiosa prueba que los haría merecedores de un reconocimiento por su compromiso con la sociedad.

En ese momento me esposaron, me subieron a la unidad vehicular y me trasladaron Ministerio Público 22, ubicado en avenida Miguel Ángel de Quevedo. Mi amiga no fue arrestada, eso me tranquilizaba, sin embargo, estaba con la “pálida” encima.

Para no hacerles la historia tan larga, permanecí cuatro días en las galeras del MP, pagué una fianza de 10 mil pesos. Todo esto ocurrió en octubre de 2014. Cuando salí de los amparos, creí que ahí se acababa mi problema con la justicia. Pues no, después de tres años me notificaron que tenía que presentarme en el Reclusorio Oriente. De acuerdo a como se habían suscitado las cosas y a la “naturaleza de los hechos”, era responsable por el delito contra la salud, por narcomenudeo en su modalidad de posesión simple.

¿Por qué? Tenía más de cinco gramos, excedía la cantidad permitida para portar marihuana. Para el juez era un criminal, un vendedor de droga. La pena, cinco meses con un día de cárcel en el Reclusorio Oriente o un pago de 12 mil pesos para quedar en libertad, sin embargo los antecedentes quedarían en mi historial.

Me negué a la sentencia y apelé la decisión del juez. La siguiente estancia fueron los Tribunales Superiores de Justicia de la Ciudad de México. La Magistrada en atender mi situación era una mujer mayor que sólo conocía los casos por el número de carpeta de investigación. Tenía que conocerme, conocer mi historia así que me planté afuera de su oficina por alrededor de dos horas hasta que por fin accedió a platicar.

Frente a ella le expresé por qué fumaba marihuana y de la injusticia que habían cometido al imponerme esa condena y los cargos de narcomenudista. Como ciudadano le cuestioné acerca de los derechos que tengo como consumidor, algo que seguramente ella debería saber.

A resumidas cuentas, después de varios meses, firmas en la penitenciaria, preocupaciones, pero con sed de justicia, mi caso salió positivo. Después de esa charla con la Ministra, me informaron que me absolvían de los delitos que me acusaban. Este veredicto lo supe en febrero de este año.

Esta experiencia la comparto a propósito del contexto de coyuntura en el que nos encontramos actualmente con respecto al tema de la legalización de la marihuana. Y es que ayer martes, la próxima secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, presentó ante el Senado una iniciativa para despenalizar el consumo y comercio de la mariguana, pero a través de una regulación estricta.

 

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Se trata de un punto medio entre prohibición absoluta y libre mercado, con un comercio legal regulado y monitoreado en toda la cadena de valor, refirió Sánchez Cordero.

La próxima secretaria de Gobernación, recalcó que en lugar de criminalizar el consumo de mariguana, se propone despenalizar toda la cadena de siembra, cultivo, cosecha producción, transformación, etiquetado, empaquetado, promoción, publicidad y patrocinio, transporte, distribución, venta, comercialización, portación y consumo de la cannabis y sus derivados, para fines personales, científicos y comerciales.

Y justo, al vivir esta experiencia me di cuenta de la cantidad jóvenes que íbamos a firmar por nuestra “libertad” en las listas de aquella oficina. Según los trabajadores de la Primera Sala Penal del Tribunal, la mayoría de los chavos que son acusados por este tipo de delitos son por simple hecho de ser consumidores o por que los agarraron con posesión de la hierva para uso personal.

Esta ley reconoce el derecho de las personas al libre desarrollo de personalidad; es la decisión que toma cada uno de nosotros, los consumidores. Yo no puedo ser ajeno a los problemas que enfrenta mi país, soy parte de una sociedad y como ciudadano y consumidor merezco el respecto a mis derechos. Pero también adquiero el compromiso de la responsabilidad y el deber de compartir información veraz para todos los lectores o para aquellos que pasan por situaciones similares a las que yo viví y no tienen las suficientes herramientas o la información para defenderse, para hacer valer su voz.

Sánchez Cordero argumenta que la política prohibicionista que adoptó en México en los últimos dos sexenios, materializada en ese conflicto armado llamado guerra contra narcotráfico, ha generado dos consecuencias que dan cuenta del fracaso de la misma: el endurecimiento de la violencia en todos los rincones del país y la criminalización de sectores vulnerables de la sociedad a causa de actividades relacionadas con la cannabis.

De acuerdo a datos publicados por el diario La Jornada, la política prohibicionista ha traído la criminalización de un sector muy grande del país sólo por actividades relacionadas a la cannabis de bajo impacto. Para el año 2012 el 62 por ciento de la población reclusa en alguna penitenciaría federal ha sido sentenciada por delitos contra la salud. El 58.7 por ciento de esa población, fue sentenciada por alguna actividad relacionada con la cannabis, aunque no necesariamente por consumo, sino por producción, transporte, comercio, suministro, o posesión.

En 2012 había mil 509 personas sentenciadas únicamente por consumo o posesión de cannabis, de acuerdo a los datos difundidos por el medio.

Habrá que estar al pendiente en los próximos meses para conocer la agenda que se estará manejando con respecto al tema de la marihuana y los debates que se generen. Hay que estar informados, leer y darse la oportunidad de escuchar otras voces. Esta vez el cuerpo errante retrocedió varios años atrás y desempolvó algunas historias que contar.