La tercera fue la vencida

359

Ciudad de México.– Martes 22 de octubre de 1968, la Alberca Olímpica Francisco Márquez, sede de los eventos acuáticos de los Juegos Olímpicos realizados en la Ciudad México en aquel año, se alistaba para recibir la Final de la prueba de los 200 metros estilo Pecho.

Han transcurrido 10 días de competencia, y a México se le ha negado el oro; el 14 de octubre, José El Sargento Pedraza, a pesar del esfuerzo, no alcanza al soviético Vladimir Golubnichy, y se conforma con la plata en la Marcha de 20 kilómetros; cinco días después, Pilar Roldán se cuelga también la plata, y ve como otro integrante de la delegación soviética, Elena Novikova, se queda con el primer sitio en la disciplina de Esgrima con florete.

La Unión de Repúblicas Soviéticas y Socialistas (URSS) se había convertido en el coco de los aztecas en sus Juegos Olímpicos, hasta que llegó Felipe Muñoz.

Pasan de las 19:00 horas del histórico 22 de octubre, y El Tibio arriba a la oficialía mayor de la Alberca Olímpica para presentarse a la Final de los 200 metros Pecho.

Minutos previos a la competencia, Muñoz camina junto con el resto de los competidores rumbo a la piscina, y mientras camina, recuerda los consejos de su entrenador, el estadounidense Ronald Johnson.

“Mi coach me dijo: ‘Si tú me obedeces y haces bien la estrategia, vamos a pelear la medalla y tal vez la de oro, siempre y cuando me obedezcas’.

“Cuando salí oí los gritos de: ‘¡México, México, México!’, entonces recordé lo que también me dijo Johnson: ‘tranquilízate, piensa que estás solo y concéntrate en lo que vas a hacer’. Y caminé a donde estaba mi silla en el carril cuatro”, recuerda para Grupo Cantón, Felipe Muñoz, en charla al interior de la Alberca Olímpica.

Llega la hora de la presentación: en el carril uno se encuentra el japonés Nobutaka Taguchi; el soviético Nikolai Pankin en el dos; en el tercero aparece el favorito y Campeón del Mundo, Vladimir Kosinski.

Es el turno de anunciar al ocupante del carril cuatro, los asistentes al inmueble ubicado al sur de la capital del país, se ponen de pie para recibirlo con un estruendoso aplauso.

“Volví a escuchar muchos gritos, saludé y me volví a sentar a concentrarme. En esos momentos se te sale el corazón por la boca por los nervios, la adrenalina la tienes al cien por ciento, y estás demasiado nervioso”, revive Muñoz.

Los estadounidenses Brian Job y Philip Long ocupan el carril número cinco y seis, respectivamente; el ruso Evagueny Mikhailov se encuentra en el siete, y el alemán Egon Henninger completa la lista de ocho finalistas.

Son las 19:50 y da inicio la Final 200 metros Pecho.

“Sabía que cuando me echaba al agua se me iban los nervios, porque siempre me había pasado eso, pero oigo el balazo, me echo al agua, y los nervios no se iban, de cómo estaba esa tensión.

“Johnson me dijo: ‘de los ocho, tú eres el más lento, pero también el más fuerte, y esa va a ser la estrategia, vamos a nadar la segunda parte, más rápido que la primera, ellos no lo pueden hacer, y tú sí, eres un nadador de fuerza, no de velocidad, vamos dejar que se vayan’”, rememora El Tibio, quien tuvo en Kosinski a su gran referencia en la competencia.

“‘Tú fíjate en el Campeón del Mundo, siempre sale en primer lugar, mantiene su distancia y no la pierde, déjalo que se vaya, obsérvalo, que se te vaya sólo un cuerpo en los primeros 100 metros’”, asegura le dijo Ronald Johnson a Muñoz Kapamas, quien siguió al pie de la letra el plan.

“Me acuerdo que cuando doy la vuelta en los primeros 100 metros tengo un cuerpo de diferencia y dije: ‘Voy bien’. Ahora viene la parte más difícil, que es nadar más rápido, que en la primera parte, yo tenía que alcanzarlo a los 150 metros, pero no pude, porque vi que dio la vuelta antes que yo, y dije: todavía no lo alcanzo, lo tengo que alcanzar’, y fue que hasta faltando 20 o 25 metros lo alcancé, porque ya no lo veía, pero lo sentía, a él y también al estadounidense (Brian Job).

“Y fue hasta que toqué y volteé al marcador y vi mi nombre con el número uno y un foco rojo, que gané”, revela Felipe, quien entonces se hizo de la primera medalla de oro para México en 1968, para terminar con el fantasma de los soviéticos, después de dos desazones, al superar al monarca mundial.

“Estaba yo feliz, pero estaba cansadísimo, no podía mover nada, quise brincar y sólo aventé agua y comencé a tomar aire, los jueces fueron los primeros en felicitarme”, refiere el exnadador que entonces contaba con 17 años, y que a la fecha no olvida el momento de la premiación con la medalla de oro en el pecho, la bandera mexicana en todo lo alto y el Himno Nacional de fondo.

“Quise cantar, pero no pude, tenía un nudo en la garganta y no pude, me temblaban las rodillas, algo que no me ha vuelto a pasar, y se me salieron las lágrimas, no quería, pero no pude aguantar”, evoca El Tibio exactamente 50 años después del primer oro para México en unos Juegos Olímpicos por demás especiales, que marchaban con una organización impecable. “Nos faltaba la cerecita del pastel, el punto culminante, y me tocó a mí, eso hizo que todo mundo dijéramos: ‘Ya cumplimos al cien por ciento’, todo México estábamos felices”.