¡Corrupción!

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Rafael Loret de MOLA

El corrupto, de acuerdo al diccionario de la Lengua Española –suprimido el antiguo idioma mexicano, una mezcla del mexica con el otomí, por los invasores españoles, aunque puede escucharse aún en algunos pueblos mágicos–, no sólo es quien deforma algo –es decir triangula fondos como en la estafa maestra–, sino malogra acciones –como el señor peña y sus secuaces–, deprava y seduce –digamos a la manera de los predecesores del mexiquense–, cohecha y compra –igual que los empresarios cómplices del régimen en curso todavía–, y hasta huele mal, lo que es frecuente en los demagogos de la legua.

En México nos hemos familiarizados con el término. Tanto que se vuelve bandera cada seis años aunque las frases distintivas sean frutos de estudios de mercadotecnia bastante simples. “La solución somos todos”; la “renovación moral” y la más reciente “al margen de la ley nada; por encima de la ley, nadie”. Buenas sentencias que suenan a votos y, por lo general –excepto la última– se convierten en cenizas al paso de cada sexenio. Ahora estamos, se supone, en la época de la última y con el aderezo irrenunciable del “combate a la corrupción” hasta “sus últimas consecuencias”, el final bastante trillado por su uso sobre cada caso deprimente incluyendo las masacres, las desapariciones y el brutal acoso a la sociedad inerme, hasta ahora.

El presidente electo insiste, cada que tiene oportunidad, que no habrá corrupción en su gobierno, entre otras cosas porque él no es corrupto y cuando el jefe actúa honestamente no deja espacios para robar, aunque no sea ésta la única acepción del verbo como ya explicamos. Y, desde luego, no hay quien pueda mostrarse contrario a esta decisión, cuando menos no en público porque además de políticamente incorrecto sería tanto como aceptar este modelo como modus operandis con las inevitables consecuencia penales… claro, si estuviéramos en un Estado de Derecho.

Vamos a ver. ¿Se combate a la corrupción aduciendo que Rosario Robles, ejecutora y firmante de la “estafa maestra”, por varios miles de millones de pesos del erario, es sólo un chivo expiatorio como exculpándola del mal mayor, acaso por antiguas historias de seducción? ¿Lo es colocando al más devastador perseguidor de la izquierda y matón de periodistas –Buendía, mi padre, Carlos Loret de Mola Mediz, el “Gato” Félix, etcétera–, como director de la CFE bajo el vano prurito de que es conocedor del tema energético? ¿Lo es al girar un perdón a los predadores del presente bajo el término de una amnistía sin sentido ni fondo?

Algunos dirán que aún Andrés no es el presidente constitucional, como si no supieran quien, de verdad, ejerce el mando en este momento, con peña arrinconado implorando el perdón prometido; ni se preocupan en observar que la sexagésima cuarta legislatura, integrada desde el pasado 29 de agosto, ya es mayoritariamente morenista, es decir lopezobradorista, y sigue las líneas del presidente electo por lo cual éste, en resumen, ejerce cuando menos las funciones de gran parlamentario, la tercera parte del gobierno de la República.

Si de buscar pretextos pueden encontrare en cualquier lugar común. Pero la historia no se tragará el anzuelo; y quienes alegan que debemos dejar trabajar a Andrés, deben pensar que lo mismo aplica para sus contrapesos que intentan evitar que se endiose, como algunos quieren, al grado de considerar corruptos a quienes, de verdad, combaten a los tantos malhadados hijos del establishment.