Mitos destructivos

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Rafael Loret de MOLA

El escepticismo es tanto entre los mexicanos que se tiende a negar algunos hechos históricos, sospechar de otros y, en cambio, aceptar como buenos los relatos que los degradan. Así, se habla de mito guadalupano y se le liga a una virgen de Extremadura –de donde provienen los invasores de nuestras tierras–, sita en el Convento llamado de Guadalupe y muy parecida a la del Pilar de Zaragoza: negra y con una larga túnica impregnada de estrellas. Es como si se pretendiera socavar la fe y las creencias de nuestro pueblo para hacerlo, cada día, más manipulable. Y lo digo sin entrar a la polémica sobre la autenticidad de la tilma de Juan Diego, elevado a la Santidad sin precisarse su origen ni su patronímico.

De igual manera, hace unos días, al iniciarse las fiestas de la patria con la liturgia en honor a los Niños Héroes de Chapultepec –es obvio que no fueron los únicos; se estima que perecieron aproximadamente 700 mexicanos entre cadetes del Colegio Militar y miembros del ejército ante la andanada inmoral y aviesa de los estadounidenses–, no faltaron quienes se empeñaron en negar la epopeya de Juan Escutia, cuya leyenda dice que se arrojó con la bandera hacia un risco alejado de la zona de batalla, porque no se tienen testimonios fieles sobre ello; pero tampoco se cuenta con pruebas de lo contrario y es esto lo que induce a creer en una u otra versión según convenga.

También se duda sobre el contenido del célebre “Grito de Dolores” sobre todo en cuanto a si el padre de la Patria, Miguel Hidalgo, gritó o no: “¡Muera el mal gobierno! ¡Mueran los gachupines!” Lo segundo molesta rabiosamente a los descendientes de algunas prósperas familias hispanas, quienes fincaron sus fortunas gracias a la esclavitud a la que sometieron a sus servidores y se sienten mexicanos a la hora de celebrar el júbilo independista sin asomarse al hecho histórico de que los perdedores, tras tres siglos de coloniaje, fueron sus ancestros, a quienes se expulsó a patadas luego de un torpe intento de recuperar el amplio territorio nuestro pocos años después de la entrada de las columnas trigarantes a la Ciudad de México.

Sobre lo anterior, curiosamente, no se ha establecido ningún mito hasta ahora. La historia de hoy pretenden seguir escribiéndola quienes se dicen “conquistadores” del pasado. Y ni siquiera nadie se ha molestado en la revisión histórica necesaria, con estudiosos de todos los signos políticos, para no caer en los absurdos, como los de atesorar juntos, en el Monumento a la Revolución –que debió ser Palacio Legislativo siguiendo la arquitectura del Capitolio y el Congreso de La Habana–, los restos de los caudillos posrevolucionarios que se mataron entre ellos. Menos mal que al gran Zapata lo enterraron en Cuautla, Morelos, no muy lejos de donde cayó el enorme rebelde libertario.

Los mitos, desde luego, tienen a un siniestro fin: el ocultamiento de la verdad da origen a las justificaciones de la siniestra aristocracia moderna, vigente y lista a encaramarse al nuevo gobierno mediante pactos soterrados con Alfonso Romo Garza, cuya derrota, el pasado 1 de julio, todavía no se ha consumado. El seguimiento de la historia depende solo del presidente electo.