El último tren

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Rodrigo Mojica

Rusia.– Todo comenzó en Ekaterimburgo, pasamos por Rostov, hicimos parada en Kazán, y seguramente en varias ciudades, aunque el cansancio de los ojos impidió tener con certeza todos los sitios que esta gran máquina pudo dejar en su camino, antes de llegar a Moscú, que era el destino final, y es nuestra base en esta fiesta del pambol.

Y es que 27 horas después, entre nalgas dormidas, echar la siesta, y también pegarle a las teclas para rubricar las letras de una de tantas historias, como ésta precisamente, ya nada fue igual.

Luego de pensarla, de meditar y entender que era una buena pincelada apuntando a la sobrevivencia, estábamos ahí, en la gran terminal, esa que se convirtió en la casa de muchos mexicanos, quienes precisamente se la vivieron en los trenes mundialistas que instaló la FIFA para ayudar a la transportación a todas las sedes.

Carro cinco, camarote uno, cama dos, fue la ubicación dispuesta para completar esta auténtica aventura.

Dos suecos: Thomas y su padre, vaya regalito del destino, fueron los compañeros de viaje, y jamás hubo bullying a pesar del 0-3 ante México, porque ellos sólo piensan en Suiza, y además el don ya es devoto a Jorge Campos, pues en la peda cambió la de su selección por una colorida del Brody.

De hecho, nuestro domicilio rodante resultó estratégico, a sólo tres vagones de la cantina, en donde siempre arman la fiesta los paisanos vestidos de verde.

Y la experiencia, obligada para decir que estuviste en la Copa del Mundo, fue tediosa por el tiempo, pero muy cómoda y placentera por todo lo vivido. La cama, apenas perfecta para poner a reposar