Primera reflexión

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Rafael Loret de MOLA

Pareciera que los mexicanos, de acuerdo a la clase política, somos de lento aprendizaje aunque jamás nos hemos sometido a la enseñanza correcta, apresurados, como somos, para olvidar las cotidianas afrentas de un gobierno corroído y a la incesante verborrea de los postulantes a cargos de elección popular; cuando menos, es tiempo, dicen para curar las heridas auriculares y someternos a una terapia de descanso –también entre quienes siguen ociosamente el Mundial de fútbol esperando que la Virgen del Tepeyac nos haga un milagro–, para acudir después, el domingo, a las urnas.

Se asume, por pura especulación, que de los noventa millones de empadronados sólo votarán, en el mejor de los casos, un setenta por cierto de los mismos, esto es 63 millones los que son suficientes para colapsar las mesas comiciales hasta el punto de que será imposible cerrar la mayor parte de ellas en el horario previsto, las seis de la tarde, porque no habrán podido votar todos los inscritos; en algunos casos las filas se diluirán después de la medianoche lo que dará el primer pretexto al veleidoso y racista presidente del INE para no anunciar ganador de la contienda presidencial a las diez de la noche de la misma jornada, mientras se asimilan los escándalos en aquellas entidades destinadas, sin remedio, a los operativos fraudulentos: Yucatán, Veracruz y Puebla, encabezando las listas a menos, claro, que la población reacciones y no permita más los ultrajes.

Mientras tanto, la disputa del segundo lugar en la carrera presidencial es un duelo por la conquista del Legislativo y no tanto para reducir los alcances del puntero de la justa, definido y observado por el mundo además de los vistos buenos de las potencias que imponen sus criterios, Estados Unidos y Rusia. Los dos líderes de estas naciones, el anaranjado y Putin, ya dieron su visto bueno desde hace más de tres meses lo que obligó al candidato de la izquierda –o de un sector mayoritario de esta–, a pugnar por un discurso sorprendente en él, en el cual hasta parecía clamar por la diplomacia y hasta atemperar el clima de violencia –verbal, naturalmente–, contra el “pato” Donald Trump, el más antimexicano de los mandatarios estadounidenses que hemos padecido. Un hitleriano con todos los signos arias en su cabellera naranja y en sus poses de bravucón y ejecutor a mansalva.

Tal fue el signo, por demás evidente, que marcó la campaña ya terminada para felicidad nuestra, en cuanto a que ya no escucharemos por un buen tiempo, el “yo mero” o las múltiples referencias hacia la generosidad de las virtudes de cada uno de los contendientes –son como beatos–, capaces de dejar atrás sus defectos sólo porque ellos lo dicen. De ejecutarse las denuncias que existen sobre las cabezas de los pretendientes, de todos ellos aun en el caso de que fueran injustas, todos estarían al pie de las celdas y no de las urnas.

Pero México es así: el reinado de la impunidad. Dónde todo, dicen, tiene sentido y prospectiva mientras se extiende el horror.