Liderazgo perdido

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Rafael Loret de MOLA

Hace unas décadas, digamos en el sexenio de Adolfo López Mateos –¿viaje o vieja? dicen que le preguntaban al amanecer mientras mitigaba sus infames dolores de cabeza cuya secuela fue un aneurisma cerebral fatal–, nuestra política exterior era respetada y servía de inspiración para las naciones con escasos pertrechos militares y una aguda percepción de sus soberanías; todo ello gracias a la célebre Doctrina Estrada, instrumentada por el legislador Genaro Estrada durante el breve lapso de Pascual Ortiz Rubio en la Presidencia, siempre en defensa de la autodeterminación de los pueblos como exigencia derivada de la no intervención.

Tal fue nuestra fortaleza y valladar durante varias décadas mientras nuestro país superaba los estragos de las guerra, las varias revoluciones y el maximato callista que dio cauce, con Lázaro Cárdenas del Río, al presidencialismo, aunque creo que el general michoacano jamás pensó en el daño que tal ocasionaría; al contrario, creyó, de firme, en abatir a los cacicazgos aldeanos y al incesante caudillaje posrevolucionario, sin imaginar, siquiera, que toda la vieja guardia autócrata se concentraría en la figura del llamado “primer mandatario” –por gracia de Dios, faltaría decir–.

Es por demás interesante recordarlo al calor de lo que sucedió, hace un año, en Miami, Florida, con el canciller, Luis Videgaray Caso, en condición de marioneta de una Casa Blanca ennegrecida por las acusaciones contra el “pato” Donald Trump. Sin más, el representante mexicano asumió que “México y los Estados Unidos” están listos para “de manera conjunta promover el desarrollo de los países de Centroamérica”; si bien quedó sin definir si nuestro país, como nos enseñaron en la primaria, pertenece a esta región o se convirtió, por la vía del TLC, en la cola del león norteamericano. Luego de doce meses la quimera se volvió infamia.

La pregunta razonable sobre el tema tiene que ver sobre la soberanía de las naciones, hecha trizas por la injerencia de la Casa Blanca a través de su cabildero Videgaray, quien perdió la ocasión de montarse en el caballo presidencial para después subirse al burro continental tratando de alcanzar hasta al volador de Saltillo, José Narro Robles, quien levantó la mano para soñar con la banda tricolor y el resonar de tambores cada amanecer si oro currículum que su propia vanidad.

Así las cosas, el canciller no fue figura central de la llamada “Conferencia para la Prosperidad y Seguridad de Centroamérica” –como si en México tales renglones estuvieran superados–, sino que cedió protagonismos al poderoso Carlos Slim Helú, quien se comprometió a invertir en el tema mucho más que los niveles de responsabilidad de nuestro superior gobierno. Trump debe estarse riendo a carcajadas de que las riendas hayan pasado a manos del sector privado y de quien, en algunos negocios, fue su socio mayoritario e incluso su patrón… aunque fuera mexicano.

Perdido el liderazgo, los diplomáticos de nuestra nación sólo pueden aspirar a ser testaferros de los operadores del norte continental, lastimosamente, y en términos más degradantes que los impuestos y aranceles tras las invasiones estadounidenses de infelices y amargos recuerdos.