Viviendo a la Rusia

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Rodrigo Mojica

Moscú, Rusia.– Bien podría llamarse Tlatelolsivsky, si es que quisiéramos ponerle el aderezo auténtico ruso.

Uno de los sitios que hoy es nuestra cueva para hacer llevadera la vida durante más de 30 días, no es más que un departamento enclavado en el noveno piso de una zona habitacional integrada por varios gigantescos edificios, en las faldas de Moscú.

Y enseguida se viene a la mente la tierra, el pueblo, y eso nada tiene que ver con el llamado Síndrome del Jamaicón, porque ese, aún es muy temprano para sentirlo.

Pero está claro, al final quienes se dedican a las construcciones y todo ese rollo, sin importar el origen, tienen mentes muy parecidas.

Este hogar temporal, que a decir verdad, se pasa de chido, está ubicado cerca de una parada del trolebús, y de otra del Metro, al final, una ubicación estratégica para llevar a cabo nuestras labores.

El depa, acogedor a más no poder, podría decirse que tiene un diseño interior clásico de estos lugares, y la madera es la que sobresale casi en cada rincón.

Y de entre las diferencias que por supuesto igual existen, el inodoro, excusado, o como quieran llamarle, para jalarle, como diríamos en mi Mexican Power, se hace a través de una palanca que lanzas hacia arriba.

Marina, la anfitriona de este sitio, al menos ha demostrado que no todos los rusos se la pasan de mal humor, como aquel taxista que, hasta el día de hoy, no logramos superar, por manchado, carero y rata.

Serán, de entrada, 10 días de tratar de aclimatarse y acostumbrarse a dormir lejos de Cirilo, pero esta vez la decisión fue acertada, porque aunque no se le entiende ni maíz, hay televisor, pero lo más importante, agua caliente, algo por lo que dicen por acá, de pronto muchos sufren, como sucede en nuestra natal Iztapalacra, en donde el vital líquido casi siempre brilla por su ausencia.

¡Ah!, y aunque todavía no hacemos amistad con los vecinos, esperemos que pronto esta bitácora tenga un capítulo parecido.