La última copa

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Rafael Loret de MOLA

La última y nos vamos, suelen repetir los ebrios de cantina para tratar de demostrar una disciplina imposible; al final se pierde la cuenta de las copas y el raciocinio hasta para poder andar sin tropezones ni habladurías cuya violencia muchas veces trastorna las neuronas y agita al cerebro hasta perder la noción de la realidad. Algo similar ocurre con los simpatizantes “duros” de los aspirantes presidenciales quienes, caída a caída, insisten en que siempre podrán levantarse… sin observar que están muertos, cuando menos políticamente hablando.

De acuerdo al diario El País, de cimiente española y proclive hacia la izquierda cuando ésta no gobierna –ya ha demostrado que cuando se trata de apoyar a los mandatarios de esta filiación en su país suele convertirse en oficialista, como ocurrió con el largo período de José Luis Rodríguez Zapatero–, en un análisis bastante serio, Andrés tiene el 92 por ciento de posibilidades para ganar la elección mientras sus adversarios se sitúan en cinco, dos y un punto. Pongan los nombres ustedes en este orden: Anaya, Meade y El Bronco, el Conan del norte.

Desde luego, en unas cuantas semanas, esto es las que faltan para la justa comicial, parece no sólo imposible revertir la tendencia irrefutable sino construir el andamiaje para un fraude escandaloso, monumental, ante la observación de quienes, desde el exterior, siguen con curiosidad el proceso mexicano y es éste, como explicamos hace unos días, el mejor antídoto contra el presunto fraude que los leguleyos y enmascarados del establishment han estado montando desde hace varios meses; acaso por esta obsesión, el anaranjado de la Casa Blanca recrudeció posturas y afinó baterías contra el gobierno mexicano… y fue Andrés el único de los candidatos en no encarar al personaje sino al contrario: solicitó que se reunieran peña y Trump para remedia la rispidez. Los demás atacaron con vehemencia al “pato” Donald.

Lo anterior no es, ni de lejos, la actitud que hubiera podido esperarse de Andrés, siempre vanguardista en cuanto a las descalificaciones y la imposición de apodos –riqui riquín canallín–, algunos bastante malos, que lo remiten a los patios de las escuelas –el de Tepetitán, en donde estudió, lo es–; pero ahora, al parecer ha aprendido a medirse cuando se trata de dirigirse al jefe de la banda de la Casa Blanca e incluso al de Los Pinos a quien ya extendió, de hecho, un perdón a priori junto a la celebrada amnistía ofrecida al bandidaje que permanece fuera todavía de las prisiones. ¿Serán estas las condiciones que debió llenar para barrer la senda hacia el Palacio Nacional sin requiebros ni trompicones?

No lo dudo conociendo a Andrés y su permanente ambición política –lo que no está mal–, hasta convertirse en el mexicano que, sin duda, mejor conoce al país… casi hasta el último rincón. Hace semanas visité, por ejemplo, la locación de Real de Catorce, en San Luis Potosí, y me confirmaron que hasta allí no había llegado, sólo hasta Matehuala. Es, claro, una referencia aislada pero que obliga al “casi”.

Por lo pronto, en víspera del tercer debate, en la blanca y deliciosa Mérida, Andrés debe apurarse a llegar para que pueda dormir sobre una hamaca de doble o triple aguja, bajo la maravilla del cielo estrellado de Yucatán. Amanecerá tranquilo.