Cancerbero

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Rafael Loret de MOLA

A estas alturas, cuando faltan pocos días para el tercer debate y para el comienzo del campeonato mundial de fútbol –para muchos, un faro que guía todas sus ilusiones y hace olvidar las tormentas brutales; sólo unos cuantos vibramos con otro tipo de emociones–, no se vislumbra una catástrofe que pueda modificar el rumbo de las elecciones. Tómese en cuenta de que el arranque del evento futbolístico, cada cuatro años, acapara la atención, sobre todo la de quienes apuestan por la siempre esperada resurrección del “tri” –en realidad no ha habido advenimiento alguno–, y estarán pendientes de los tres partidos de los seleccionados, del 17 al 27 de junio.

Esto es: ya les queda muy poco margen a los aspirantes presidenciales –cuatro sólo cuatros y tres, según se dice, bajo investigaciones judiciales–, para crecer o derrumbarse, según sea el caso, convenciendo a un electorado aburrido, hastiado diríamos, y profundamente convencido. Incluso, con el presagio inevitable de una victoria de Andrés, se teme a los algoritmos que pueden desviar, hackers de por medio, la voluntad ciudadana como ya ocurrió, nada menos, en la nación más poderosa del planeta, Estados Unidos, por la habilidad del ambicioso y devastador señor Putin, reelecto por cuarta vez.

¿Es lo anterior el signo de un nuevo advenimiento de las dictaduras? Hasta el señor Trump habla de que no permitirá “dictaduras” en “su hemisferio” al desconocer las elecciones en Venezuela –¿por qué no se hizo lo propio con las de Norteamérica luego de la embestida cibernética y reconocida de Rusia?–, y avalar, debajo del agua, las victorias de los candidatos más controvertidos. Por ejemplo, Andrés y su Morena. ¿Quién podría prevenir que éste acabaría siendo el más “prudente” al referirse a su intención de convertir las relaciones bilaterales con Estados Unidos en una “alianza para el progreso”, ignorando que ésta fue idea de Kennedy, en 1961, que luego traslado a Adolfo López Mateos; esto es hace cincuenta y siete años, lo que es medida de un retraso conceptual notable.

Pero, lo interesante de la cuestión es que no se han dado las reglas básicas para tal “alianza”, vieja, viejísima y que duró sólo una década, cuando en la Casa Blanca, el anaranjado Trump, el animal de las cuatro cabezas y cancerbero mayor del inframundo de Dante, requiere complicidad, y no cooperación, de los líderes a los que apoya y le tratan estupendamente, dejando hacer y dejando pasar –numen del viejo liberalismo–, cuanto le dé la gana. ¿Podría explicarnos mejor su teoría el señor López Obrador, a un mes de ser visto como presidente electo?

Por lo pronto, los mordiscos aumentan como si estuviéramos ante una jauría inoculada con la rabia mortífera de las ambiciones y los oportunismos –dos males arraigados en estas campañas en fase de finiquito real–, y no avizoráramos más futuro que el señalado por cada icono. Los mayores vicios del partidocracia se extendieron y ahora nos asfixian. ¡Qué desgracia!