El carretero

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Rafael Loret de MOLA

Hace varios lustros, en mi lejana juventud inquieta –¡cómo la añoro, sobre todo ahora en que es tan necesaria la lucha!–, leí una novela de Selma Lagerlöf que ella tituló El Carretero de la Muerte; en ella, quien fallecía en el último segundo de cada año tomaba la condición de transporte para cargar con todos los muertos durante los siguientes 365 días. No había manera de evitarlo, ni con las fortunas inmensas ni con la generosa entrega de los pobres; mucho menos si el costal de cada quien rebosaba de crímenes, pecados y traumas insuperables que hubieran desviado su condición humana para convertir las almas en llamarada feroz que conducía al infierno.

Las lecciones de Selma, sueca de origen y universal por sus letras –fue la primera mujer en obtener el Premio Nobel en 1909–, tienen vigencia en cada acto de nuestras vidas aunque no sepamos que nuestras debilidades ya han sido retratadas por los genios desde hace muchos años. La dama nórdica, por ejemplo, murió en 1940 cuando la segunda guerra mundial se extendía, sin remedio, por Europa antes de que los Estados Unidos decidieran participar en ella –lo que ocurrió después del ataque a Pearl Harbor en diciembre de 1941–, con el “carretero” rebasado por los millones de combatientes que jamás volvieron a sus hogares y dejaron el hondo vacío en sus familias, aniquiladas también por el horror de los enloquecidos líderes humanos, iguales o peores a los de hoy.

Ese apocalíptico escenario, sin duda, lo observamos hoy a punta de los cañones de la demagogia y cuando el futuro político de México parece estar definido con Andrés como abanderado y un inmenso número de mexicanos –mayoritario–, indefensos ante lo inevitable, como aquellos observadores de las catástrofes quienes sólo pueden medir sus efectos pero no saben cómo evitarlos. ¡Sobran las películas para atestiguar, a la manera occidental claro, los dramas de la universalidad avasallada! Pero no podemos negar los hechos aunque algunos se empeñen en situar la muerte de Hitler en Sudamérica o negar el Holocausto o suprimir al franquismo de la conciencia de los españoles cuya rebatiña actual, tras la trama que despedazó al Partido Popular, pone en jaque a Mariano Rajoy y a la Iberia brava ante un inminente jaque.

Lo mismo, en México, en donde buena parte de quienes votarán dentro de un mes exacto, el 1 de julio, son sólo indecisos cansados de las mismas parrafadas de promesas imposibles de cumplir y de la oleada de alianzas soterradas para preservar, aunque parezca que la balanza se inclina hacia otro lado, al sistema político mexicano, todavía inamovible.

Por ello, claro, el otrora iracundo López Obrador habla de una alianza para el progreso –un proyecto que inventó Kennedy, en 1961, con la anuencia de Adolfo López Mateos quien luego logró la devolución de “El Chamizal” a nuestro país allá por Ciudad Juárez–, para atemperar su postura ante Trump –a diferencia de sus adversarios–, negocia con los empresarios, inspira el desánimo entre los panistas y ya no habla de perseguir a peña, en lo único que coincide con Meade, mientras Anaya suaviza este tema para no ser el único en mantenerlo.