¿Y los deslindes?

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Rafael Loret de MOLA

Las campañas –todas– se precipitan al abismo. Todos han ganado y perdido, al mismo tiempo, en una dicotomía fatal en la que la ciudadanía ya no sabe, a ciencia cierta, cuanto es verdad o mentira, como diría el poeta Ramón de Campoamor, sino que “todo es según el color del cristal con que se mira”. De esta manera quien ya eligió, de acuerdo a sus creencias personales, no admite crítica alguna a su campeón y aduce, como réplica, la tendencia hacia la existencia mercenaria de unos cuantos quienes no retratan a todos. Debe tenerse cuidado al emitir tales juicios descocados, sin valor alguno y sólo referentes de aquella sentencia medioeval: “calumnia que algo queda”. Tal es la línea de las campañas por todo el país.

Desde luego, quedan grandes interrogantes en la cartera sobre la honorabilidad de los postulantes; por ejemplo, quien se dice “el mejor”, con una petulancia que riñe con su antiguo carácter bonachón, no puede, no sabe cómo responder al tema candente de la llamada “estafa maestra”, calculada por los analistas en 18 mil millones de pesos –seis mil eran en un principio–, armada en Sedesol, donde reemplazó a Rosario Robles Berlanga, la seductora musa de Carlos Ahumada Kurtz –quien estuvo en la cárcel por donar dinero a los miembros cercanos del “team” de Andrés en 2005–, y solapó los enormes desvíos, incluso después en su condición de secretario de Hacienda. Prefiere callar lo que salta a la vista.

El joven Ricardo Anaya Cortés, tan colmilludo para deshacerse de quienes le estorbaban –desde Margarita hasta Moreno Valle aun cuando por éste no reparó en la posibilidad de condenar a Puebla a un torpe matriarcado, lo que NO será–, pudo defenderse en la Procuraduría General de la República de los señalamientos sobre “lavado de dinero” por la venta de una nave industrial –una cuestión que rebasa la hipocresía–, pero no lo ha hecho en los metiches tribunales españoles que observan a México todavía como una extensión de la barbarie colonial, impuesta por los invasores de la misma nacionalidad, y se entrometen en una indagatoria contra el presunto socio del aspirante, Juan Manuel Barreiro Castañeda. Particularmente aborrezco al sistema judicial español, sesgado, visceral e injerencista.

Y, finalmente, Andrés no sabe, no quiere y no puede explicar la mentira sobre las millonarias regalías –mismas que no cobraba en principio por carecer de recibos con el RFC respectivo, según me confesó su editor, Ariel Rosales–, de sus libros –mismos que sólo ha comprado él mismo para regalar con merma de sus pretendidas regalías–, ni cuánto, de verdad, ha recibido por dirigir a un partido, Morena, inventado por él, dirigido por él y en el cual su voz es la única con valor práctico ante el silencio reverencial de una militancia incondicional, enfermiza diríamos en cuanto a su devoción por el líder… como en tiempos de Franco, Mussolini y otros más incluyendo al alemán del bigote recortado chaplinescamente.

Atrapados, todos, sólo vemos la superficie; pero, a la hora buena, de quiénes vamos a depender considerando que no todos los expuestos como futuros colaboradores de Andrés, entre los mismos Alicia Bárcenas llamada a ser representante de México ante la ONU sin ser avisada –una mentirijilla perdida en el alud-, son dignos de serlo ni podrían resistir la mínima evaluación del Congreso. ¿No que no habría imposiciones si Andrés llegara a la Presidencia? Pues ya comenzó a seguir la misma línea apostando por su camarilla.