Se enchina toda la piel

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IGUALA, GUERRERO.- Hoy, en esta histórica pero trágica ciudad, cuna de la Bandera Nacional y testigo del horror de la desaparición y asesinato masivo de 43 estudiantes normalistas el 26 de septiembre de 2014, explotaron las emociones contendidas en la campaña del candidato presidencial de Morena, Andrés Manuel López Obrador.

El calor que rozaba los 40 grados se confundía con el calor humano desatado por miles de almas de la “tierra caliente” que acudieron al mitin a escucharle.

Era inmenso el tumulto y la gente no dejaba de llegar de todos los rincones y lugares cercanos. Bandas de música y cantantes de la localidad trataban de apaciguar los ánimos que se encendían en la prolongada espera.

Cuando uno entra a Iguala, se siente la vibra. La ciudad luce abandonada, destartalada, como en el olvido, a pesar de lo que representa para la historia de México: en 1821 Agustín de Iturbide emitió el Plan de Iguala que reconocía la Independencia de México y ahí se creó la primera bandera mexicana.

Llega AMLO y se desatan las pasiones. Todos quieren tocarlo. Dos mujeres con ropa autóctona lo esperan a la entrada y al arribar le enjaretan en el cuello dos collares de flores color vino-Morena, amarillas y blancas.

Un hombre ya anciano que está detrás de la valla, lo saluda efusivo y el tabasque- ño se enternece. Obrador se detiene, lo toma de su frágil y blanca cabeza y le da un beso en la frente.

Sigue su entrada triunfal donde se lleva de 10 a 15 minutos. Se transpira amor, cariño y felicidad en los miles de rostros que Obrador ha denominado los “guardianes de la esperanza”.

El momento más emotivo y electrizante es la llegada de las madres y padres de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa desaparecidos, cuando AMLO está a medio discurso. Una a una suben portando en sus agrietadas manos una enorme fotografía de sus hijos desaparecidos, sus muertos insepultos. AMLO no interrumpe su arenga. Muchas llevan la cabeza cubierta con un manto, algunos padres con sombreros y otros con gorras.

La piel se enchina de ver esos ojos tristes y secos, ya sin lágrimas, cansados de llorar a sus ausentes que no han podido sepultar.