Definiciones

73
Rafael Loret de MOLA

Me preguntan, constantemente, por qué no me defino a favor de Andrés –ni lo haré–, si lo conozco tan bien, para aglutinar en torno a él a más mexicanos con la mirada puesta en 2018. Él se siente best-seller y aduce que vive de sus regalías, mintiendo acerca del tiraje de sus más recientes obras; dijo que se habían puesto en circulación sesenta mil volúmenes cuando sólo fueron diez mil con escasa salida hasta hoy. De esto entiendo bastante porque llevo metido en este medio desde hace treinta y un años.

Pero, además, está rodeado de elementos que dan náuseas, como Manuel Bartlett, a quien en múltiples ocasiones, y de frente, he señalado como el autor intelectual del asesinato de mi padre en febrero de 1986, o de Pablo Salazar Mendiguchía, ex gobernador de Chiapas, a quien combatí, cuando estaba en funciones, por sus arteros ataques a la libertad de expresión que culminaron con las muertes de Conrado de la Cruz y su hijo, directos que fueron de Cuarto Poder; él es el culpable de la tensión sin límite que los llevó al infarto, además de que el heredero sufrió vejaciones sin fin mientras estuvo preso, por delitos prefabricados, en El Amate donde el propio Pablo fue a dar cuando su sucesor Juan Sabines Gurrero se fajó los pantalones y ordenó su aprehensión; pero, antes de terminar su período, a Sabines se le doblaron las corvas y lo dejó salir bajo presión… ¡del PRI y de Pedro Joaquín Coldwell, mensajero de peño nieto!

Por cierto, para asegurar los amarres vergonzosos, Joaquín Coldwell, ahora secretario de Energía y afanoso defensor de las alzas a la gasolina, es medio hermano del “panista” y “perredista”, Carlos Joaquín González, actual mandatario de Quintana Roo. Una linda familia de caciques en una de las entidades jóvenes de la República e inventada por luis echeverría a cambio de golpear a Yucatán para trasladar a Cancún el turismo y fincar allá sus mejores propiedades. Dan asco.

Pese a lo anterior, y contando con mi resistencia, Andrés se acerca, cada vez más, a su soñadora presidencia de la República, si bien ya paseó la banda apócrifa durante seis años, bajo el nominativo de mandato legítimo. No puede negarse que no se observa en la perspectiva actual, dados la mediocridad de los postulantes de otros partidos, un líder capaz de contrarrestarlo y los caminos para los independientes han sido cerrados, de hecho, porque resulta más sencillo fundar un nuevo partido que lanzarse a la aventura presidencial sin amortiguadores.

Por ello, el incendio se avecina. Nadie creerá en una victoria del PRI a la que se señalará como fraudulenta –lo es ya-, sin remedio, y como polvorín para incendiar al centro del país, impedir la asunción del heredero no militante y cerrar al país, literalmente, como antes ocurrió en Coahuila, Michoacán, San Luis Potosí, Tabasco y Colima –en estas dos últimas debieron repetirse los comicios-. Sería fatídico y Andrés no tirará esta carta marcada.

Tiene la victoria en la mano, con o sin debates, queramos o no quienes conocemos sus defectos y a quienes le rodean, y cuantos apuestan a un colapso en su salud.