Fábrica de Damnificados

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Rafael Loret de MOLA

La devastación en Japón alerta sobre las profecías atemorizantes. Y en México tienen calado por cuanto sabemos de la frecuencia con la que nos azotan las catástrofes naturales –además de las políticas, acaso más dañinas–, sin capacidad de respuesta no sólo para paliar los saldos negros sino, sobre todo, con miras a prevenir y, en su caso, subsanar los desafíos inevitables de la naturaleza. Cada año, la fábrica de damnificados provee de escenarios mediáticos a cuantos saben medrar con el dolor ajeno y a quienes, igualmente, inmersos en la cultura del desastre sobreviven por efecto de las ayudas paternalistas.

En 2005, cuando escribí Ciudad Juárez –Océano–, descubrí que, en no pocos casos, decenas de personas apostaban por las derramas de las organizaciones no gubernamentales sacudidas por los relatos del horror. Incluso, algunos de los beneficiarios extendían sus querellas, pese a haberse cerrado los expedientes con éxito, alegando su incredulidad en las versiones oficiales con tal de prolongar reclamos… y aportaciones. Un círculo vicioso que, desde luego, va a la par con el drama de los feminicidios irresolubles en la urbe considerada ya como una de las más violentas del mundo. Lo vimos venir.

Nuestro país, bajo la infecunda demagogia de políticos predadores, es fuente inagotable de horrores, los más de ellos previsibles pero nunca debidamente atajados porque, acaso, podría extinguirse la perversa correlación entre las políticas sociales y la postración de miles de compatriotas que acaso anhelan una catástrofe para intentar mejorar su modus vivendi.

En 1985, miles de capitalinos emigraron hacia algunas ciudades de provincia. Pero ya volvieron, en su mayor parte, conformándose con la praxis de los simulacros, de vez en cuando, como si con ellos bastara para aminorar los saldos de la muerte. Olvidamos y seguimos.