El miedo

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Rafael Loret de MOLA

“Se puede gobernar de todas maneras, menos con miedo”, clamó el gobernador de Yucatán, en febrero de 1970, tomándole el pulso a los empresarios cerveceros, muy fuertes en la región y a los tratantes de blancas –y morenas– asentados en el sur de la entonces “ciudad blanca”; una semana después ordenó cerrar la llamada “zona roja”, foco de lupanares a donde la policía ni siquiera entraba. Y, entonces, los ricachones amorales entendieron e iniciaron una campaña feroz de desprestigio que acabó rodando por los suelos como ocurre, tarde o temprano, con todas las miserias del espíritu.

Quienes no comprendieron la lección son aquellos que, desde el echeverriato, buscan la complicidad como modus operandis al estilo del “negro” Carlos Sansores Pérez, de Campeche, padre de Layla, la ahora fogosa legisladora y defensora de Morena como antes lo fue de otros partidos: no es extraño buscar destacar con altisonancias, a veces justificadas, en el entramado político cuyas formalidades han ido cediendo para convertir a las asambleas federales y locales en verdaderos palenques en donde NO sobran las apuestas venales ni los soterrados acuerdos en pro de las alianzas turbias.

En la perspectiva actual se tiene miedo a gobernar y esto se nota, no sólo por la declinación física del mandatario empeñado en hundirse más cada día, sino en la incapacidad aparente de los funcionarios para sofocar los fuegos que ellos mismos prenden y también a lo largo del pantano de la sucesión como Meade en calidad de náufrago; de ésta no se levanta. Digamos que en los estados muy próximos a renovar gubernaturas, donde las encuestas dan formalmente empates técnicos para no definir la contienda antes de tiempo a favor de las oposiciones, la insolencia priísta puede poner en jaque al país entero. Y esto ya lo meditan los agoreros de la desventura situados en el confort de Los Pinos.

Bien se sabe que, en el panorama actual, los fraudes en gestación, conllevan el tremendo riesgo de diversos estallidos multiformes, desde las marchas violentas hasta bloqueos de rúas y centros de poder como cuando en Michoacán o San Luis Potosí nunca dejaron entrar a los mandatarios usurpadores hasta que la justicia cedió ante la fuerza de la unidad y de la soberanía popular. En este punto, 1991, fue cuando inició la caída del PRI que se consumaría nueve años después si bien el retorno, en 2012, fue para recular sobre el tremendo error de confluir hacia una derecha convenenciera, gritona e incapaz de gobernar. Me pregunto si la izquierda será igual en caso de una victoria general en 2018 o si permanecerá pastueña –como en 2012–, de producirse un nuevo golpe de Estado falsamente electoral. Está en la picota.

Y es a eso a lo que tienen miedo los habitantes del Versalles mexicano, Los Pinos, amurallado y rodeado de militares como si se tratara de un narco-Estado –¿lo es?–, en la pequeña línea que separa a la evolución política de la autocracia formal. Continuaremos.