Ladridos

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Rafael Loret de MOLA

No entienden. Llenan todos los espacios con autoelogios y censuras, las más aviesas, contra sus adversarios, esto es como si éstos, todos, atesoraran todos los males de un país saqueado bajo la ceguera de la demagogia y la ambición sin límite de la moderna aristocracia. Son intensos los ladridos y las justificaciones, los arrebatos y el empeño a cruzar encuestas –cada una diferente a la otra, en donde se asume en las más que el líder de la justa va perdiendo puntos a favor de Meade y Anaya–, extendiendo la confusión y el desaliento… como si los votos y ni siquiera contaran. Igual que en 2006.

Por desgracia, Andrés ya cayó en la trampa al divulgar que en sus sondeos se mantiene 20 o más puntos arriba cuando en ningún otro ejercicio –obviamente al gusto de quien lo paga–, obtiene una ventaja tan alta e inalcanzable; pero sucede que, en las redes sociales, los números a su favor son más aplastantes sea porque sus “bots” son más efectivo o porque, sencillamente, reflejan el sentir de los mexicanos rebosantes de rencor social ante la descarada impudicia política y las tendencias, en apariencia irreversible, hacia la consumación de un fraude que no sería tan sencillo superar, como hace doce o veinticuatro años, en medio de escándalos que determinaron la usurpación mientras el fuego de la ira se apagó lentamente.

Personalmente creí, entonces, que calderón, en 2006, no podría gobernar; y ahora su esposa intenta una reelección pasándose de un extremo a otro de la cama presidencial. También esperé más atrás, en 1988, que salinas no podría superar el odio ni el abuso de la confianza popular; y esta es la hora en la cual el sujeto, jefe de los jefes de la clase política, seguiría teniendo una influencia tal que de él surgió la idea de fusionar candidaturas –del PRI y el PAN y sus acompañantes–, para evitar, a toda costa la llegada de la izquierda al poder, o de parte de ella porque un sector prefirió mancharse con el azul de la derecha en plena regresión histórica.

Entre el primero y el segundo debate se marcarán, como está ocurriendo ahora, las diferencias. No hubo el daño previsto contra Andrés ni quien se dice vencedor, el joven maravilla Anaya logró despegar cuanto suponía pese a sus discursos impregnados de optimismo en pleno arrabal de demagogia extrema. Pero, sin duda, Andrés ya tropezó con sus propias palabras, al igual que hace doce años: admitió la validez de una encuesta que le da veinte puntos de ventaja; y, como es lógico, al derruirse artificialmente el hándicap tendrá poco espacio para quejarse de que, de pronto, lo alcancen su o sus adversarios más cercanos de acuerdo a los intereses de los usureros de la clase política que delimitan al establishment.

De que harán los miserables cuánto esté en sus manos para realizar un fraude, no me queda duda alguna, comenzando con la oficiosa guerra entre el INE y el Tribunal Electoral del Poder Judicial Federal que compromete, seriamente, el veredicto final. Lo que asuma el INE la noche del primero de julio –salvo la estupidez de un empate técnico como hace doce años–, podría tirarse abajo con el “inatacable” Tribunal de marras. Estamos dentro de un berenjenal.