Desfachatez

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Rafael Loret de MOLA

Como les adelanté, las estrategias no varían: ahora mismo, el inverosímil juego de las encuestas determina que suben, ya sea Meade o Anaya según sea el patrocinador, incluso para subrayar que los universitarios –en edad de votar, claro–, se inclinan más por la amalgama que logró el queretano ex presidente del PAN –una aseveración absurda considerando las verdaderas tendencias juveniles, siempre rebeldes y poco cautas en cuanto a cuestiones de estabilidad social, y están en fase de alcanzar a Andrés–; el cálculo es que, al final de mayo, a un mes de la jornada comicial, Meade o Anaya habrán alcanzado a Morena. Igual que en 2006.

Lo anterior evidencia no sólo la ausencia de imaginación de los estrategas políticos –foráneos en su mayor parte y, por ende, con propósitos de moldear a México como ellos quisieran que fuera–, sino igualmente que los salvamentos sólo pueden lograrse por la vía del fraude, incluyendo la de las conciencias atormentadas que inhiben los propósitos de cambio por la desgana ante la inmovilidad política y la expansión de los engaños sin matices.

Parecieran decirnos: aquel que quiera cambiar, de verdad, váyase a Venezuela o a Cuba para adentrarse en el inframundo de las izquierdas fracasadas… aunque sigan siendo dominantes en sus respectivos países, con o sin los Castro en el Caribe y sin Chávez en la nación sudamericana. En todo caso, alegan, México tiene sus propias perspectivas y un sistema férreo al alcance sólo de las pandillas del crimen y de una clase política, sin distingo de partidos, cómodamente instalada en el Olimpo, sin miramientos ni considerandos “hacia abajo”.

De allí que el no militante del PRI, José Antonio Meade, se desgañite, de nueva cuenta, señalando que Andrés es un “peligro” para la seguridad y el empleo, recreando viejas parodias del catalán Antonio Solá; y Ricardo Anaya –que no es corazón de león–, asevere que el aspirante de Morena es retrógrada por proponer cuestiones superadas como el alza de la gasolina y la torpe reforma energética. Del mismo modo, el pasado pinta mejor porque podríamos aterrizar en un aeropuerto que no se hunda y un peso a la par con el dólar como lo estuvo muchos años hasta el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines cuando sobrevino la primera gran devaluación: ocho peses por cada divisa verde.

Quiéranlo o no –y se demostró en el debate reciente-, la figura central de la trama de campaña es Andrés y por mucho. Les aseguro que aún millones de mexicanos no conocen a Meade siquiera ni saben pronunciar su apellido; y respecto a Anaya no puede decirse otra cosa aunque a éste le reconocen un poco más al igual que la amarga Márgara y el mimo quien se hace llamar El Bronco y mansea por todos sus flancos con bravatas propias del cobarde que ataca desde su corcel, con el látigo de su vocabulario vulgar, para retirarse a todo galope.

Farsantes y candidatos no parecen tener, pese a la experiencia de alguno de ellos sobre todo Andrés, la sensibilidad para entender al nuevo México que está despertando y busca liderazgos naturales, de verdad, para vindicar los años del oprobio de la dictadura perfecta, no casi.