Minoría

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Rafael Loret de MOLA

Los analistas menos tendenciosos, bajo la avalancha de los mercenarios que venden con descaro sus espacios al mejor postor y estrenan residencias fantásticas cada seis años, asumen que Andrés ya está muy por encima de su máximo histórico, en cuanto a las preferencias a su favor, esto es con más del 40 por ciento de las presunciones de votos cuando apenas caminamos antes de la media del primer mes de campaña “formal” –un eufemismo si consideramos que desde noviembre andan desatados los aspirantes–. Pese a ello, y las tantas encuestas del sube y baja, ello obliga a pensar en la urgencia de legislar, para el futuro, a favor de la segundas vueltas electorales.

Si Andrés, de acuerdo a las estadísticas oficiales que, por supuesto, tenderán al descenso para aminorar ventajas con la ignominia de la mano, llega al final con un puntaje de cuatro sobre cada diez votantes –en mis personales ejercicios la marca de López Obrador es bastante superior sin que haya dejado de cuestionarlo–, debería considerarse que, en cualquier caso, el sesenta por ciento estaría en contra suya, lo que dificultaría no sólo su administración sino imposibilitaría llamar a sus incondicionales “todo México”. No es así y él lo sabe aunque se obnubile por momentos, seguro de contar con una ventaja irreversible –la tiene, sin duda–.

Desde luego, los observadores acotan tal moción y aseguran que en los días restantes “las tendencias pueden cambiar”, alegando para ello lo ocurrido en 2006 –cuando, en realidad, calderón usurpó la presidencia y la redujo a cenizas crujientes de ilegitimidad–, y en 2012 cuando redujo la “amplia” ventaja de peña –se estimaba en doce puntos–, cuyos operadores adelantaron la navidad de quienes venden su voto por una despensa o un monedero para costear la quincena, y casi logra un empate técnico –en algunas encuestas que luego se diluyeron–, en medio del caos del INE y la propensión del mismo a seguir las líneas superiores.

En el caso anterior, el gobierno de calderón prefirió sacrificar a Josefina Vázquez Mota para sumarse, debajo del agua, al abanderado del PRI para cubrirse las espaldas. Ya sabemos cuáles han sido las facturas a pagar con la ligereza con la cual, oficiosamente, se dio cabida en la boleta a Margarita, la de los ensueños y pesadillas de calderón, la gran tramposa que presentó más de 700 mil firmas falsas aunque ella se salvara de la quema por determinación superior a diferencia del “jaguar” y “el bronquito”, los animales de la contienda.

Lo que parece viable es que, gane quien gane, de acuerdo a los números oficiales con escasa credibilidad –hemos padecido, hasta el cansancio, la subasta de sufragios y la esquilma de los escrutinios recurrente, hasta quedarnos sin nutrientes de verosimilitud–, la mayor parte de los electores –ese pesado sesenta por ciento, vistas las cosas desde el ojo gubernamental–, estaría en desacuerdo con el supuesto vencedor, sea Andrés, con sufragios, o Anaya o Meade, bajo el peso del escándalo que puede encender las hogueras a las que no temerá “el tigre” ya suelto.

De conducirse así, por las vías equivocadas, nos acercaremos más al estado fallido, la gran apuesta del execrable “anaranjado” que, so pretexto de construir el muro interfronterizo, está dispuesto a militarizar más de tres mil kilómetros en los lindes de nuestro país. Así está el mundo y así está México, en condición de indefensión.