Estamos enfermos

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Rafael Loret de MOLA

Estamos enfermos, todos, a causa del virus de la manipulación, acaso el más dañino de cuantos pululan desde Los Pinos, las sedes legislativas, los juzgados y hasta la policía o gendarmería pasando por las fuerzas armadas avitualladas para robarles a los inocentes –botines de guerra les llaman– mientras transan con las poderosas organizaciones criminales que lo mismo trafican con drogas, seres humanos y armas para triangularlas hacia las naciones de Asia y África en conflicto con la mayor potencia militar de todos los tiempos.

Lo peor, para México, está por empezar. Estamos a sólo cuatro días del inicio “formal” de las campaña políticas si bien sabemos, de sobra, que no se han interrumpido desde finales del año pasado cuando los supuestos aspirantes hicieron cuanto les fue posible para convertir el prólogo en sustancia y proclamarse como seres “benditos”, intocables, bajo el signo de las alianzas absurdas entre la izquierda y la derecha o con partidos surgidos para elevar el chantaje al más alto nivel, como el PANAL –de rica miel–, o el Verde que sólo sirve para proteger animales llevándolos a su propio sacrificio. Imbecilidad galopante.

De esta suerte, el muy desprestigiado Instituto Nacional Electoral –antes IFE que se modificó al estilo del PNR, del PRM y así hasta llegar a ser PRI–, ejerce un presupuesto “récord”, 28 mil 108 millones de pesos, superior por diez mil millones al dispuesto en 2012 –cuando se prefirieron los monederos de Monex y las despensas de Soriana, empresas todavía no castigadas por un boicot popular que debió darse desde entonces–, y más del doble del asignado en el turbulento 2006, el de la usurpación calderonista, esto es 12 mil 938 millones. Por cierto, en el 2000, cuando inició la parodia del cambio se gastó 9 mil 806 millones.

La espiral fue pronunciada y vergonzosamente avalada por cada legislatura en turno, sin el menor pudor porque nadie, claro, la emprende a puntapiés contra sí mismo; mucho menos si se pertenece a una clase política que, por una parte, niega la influencia de la Casa Blanca o el Kremlin en el proceso electoral y, por la otra, solicita la presencia de observadores del exterior –ya lo hizo el candidato del PAN-PRD-MC, Ricardo Anaya–, como un escudo para tratar de defenderse de la maquinaria oficial empeñada en lo imposible: la continuidad del PRI sin abanderado militante.

Sorprende, y mucho, la obsesión priísta por manejar encuestas falsas a sabiendas que la ciudadanía ya maduró lo suficiente para darse cuenta de la tendencia enferma que marcan, exhibiendo con descaro a sus patrocinadores. No hay defensa posible ante los rumores derivados de la estrategia global, acaso diseñada por los catalanes intrusos o la empresa Cambridge Analytica, del pato anaranjado, que trabajan arduamente mientras los mexicanos duermen y creen en la limpieza electoral tanto como en la inminente coronación de la selección nacional de fútbol en Rusia. Sueños nada más, modificaría el poeta para no caer en el catastrofismo de las sombras.

La democracia es quimera en nuestro país; y aun así iremos a las urnas sin saber, y esto es lo más grave, si habrá organización capaz de defender nuestros sufragios; o el pueblo mismo.