Cárceles, una corrupción

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Eduardo Betancourt

Los gobernantes obtienen de los centros de reclusión importantes cantidades de dinero mal habido.El sistema es sencillo.

Los internos para evitar trabajos carcelarios obligados, o recibir tratos benéficos, pagan cifras estratosféricas. De estos pagos, buena parte es para las autoridades.

Las corruptelas más impresionantes se presentan ahí. Por ejemplo, se ha sabido de la prostitución a gran escala, y la instalación de celdas especiales, que llegan a convertirse en suites dignas de hoteles de gran turismo. Dependiendo del dinero que tiene el preso es el trato. La droga y el alcohol se permiten sin restricción y se venden ahí dentro.

Se dice que las cárceles en México son auténticas universidades del crimen. En ellas se aprenden conductas ilícitas. Quien entra por delitos menores, termina sabiendo actividades delictivas de alto nivel. Desde ahí se dirigen operaciones como extorsiones, secuestros, robos, asesinatos y delitos de gran impacto.

Los gobiernos van y vienen, pero ninguno logra poner un coto ante la inmoralidad de las cárceles. Esto no es solo por ineptitud, sino por complicidad.

En el país se considera una población penitenciaria, según el INEGI, de más de 212,000 individuos; en promedio ca – da uno cubre una cuota de 200 pesos diarios. Esto representa un ingreso al día de más de 42 mdp, multiplicado por 365 días al año es de $ 1,547,600,000.

Muchos presos carecen de recursos. Efectivamente, solo pagan y reciben buen trato los que tienen dinero, otro problema lamentable, que es la auténtica esclavitud que se observa en los centros. Los ricos de las cárceles tienen a su servicio a internos, quienes son obligados a realizar las tareas más humillantes, todo lo cual tiene un alto costo.

En la ciudad de México tenemos una población penitenciaria de 30,979 personas.