Daños mayores

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Rafael Loret de MOLA

Con la efeméride de la expropiación del petróleo, misma que cambió, en definitiva, el destino económico y político del país –el social no porque, por desgracia, el oro negro, mal administrado, no alcanza para iniciar con él siquiera la fallida “cruzada por el hambre” anunciada por el presidente enrique peña nieto como una panacea–, surge en paralelo la esfinge del general Lázaro Cárdenas del Río, sin exclusivas partidistas como pretendieron los dirigentes priístas durante varias décadas. Y pocos sabían que el ilustre personaje, precisamente, rechazó su credencial como priísta –la número dos, después de la del entonces presidente Manuel Ávila Camacho– porque consideró innecesario el cambio de siglas sin una verdadera reestructuración de estatutos que asumieran una tendencia vanguardista, con objetivo visionario como él era.

Pasamos la celebración con los hilos cambiados. Hay una división seria –no profunda porque suelen los priístas no ser demasiado audaces cuanto se enfrentan al poder presidencial, únicamente cuando quien ocupa Los Pinos es de su misma filiación–, dentro de algunos de los actores principales del partido en el poder, precisamente por la desazón causada por el anuncio de una modificación estructural que tienda, precisamente, hacia la derecha como si la segunda alternancia hubiera estado profundamente contaminada o condicionada a otra clase de intereses reñidos con el patrimonio nacional. Y así lo perciben no pocos mexicanos conocedores de nuestra epopeya histórica.

Lo que más me disgusta, en esta hora incierta, es observar a quienes ahora defienden la propiedad de la riqueza energética de México que es, claro, de los mexicanos desde 1938. Un cuarto de siglo nos separa aún del centenario, pero hoy recordamos que hace setenta y siete años desterramos a las compañías inglesas que habían forzado las cosas para explotar sin remedio a los petroleros mexicanos; como ahora siguen siéndolo los mineros y otros grupos a quienes las injusticias y los tratos inhumanos parecen haberlos detenido en el lejano principio de la centuria anterior. Una vergüenza para una nación dotada de tantos recursos naturales al punto de que Adolf Hitler, dispuesto a apoderarse del mundo, puso su mirada en nuestro territorio y pronunció una sentencia terrible:

–México sería la mayor potencia del mundo… si la gobernáramos los alemanes.

Fue una bofetada contra nuestro nacionalismo que supo a poco bajo los estruendos de la Segunda Guerra Mundial y la tardía participación del mexicano Escuadrón 201 con el que sumamos las pobres fuerzas militares de nuestro país a una contienda con tintes de Apocalipsis; sin embargo, nuestro petróleo se revaloró y pudimos, todos, salir delante de la precariedad que sembró en el “primer mundo” aquella conflagración mundial. La pregunta es: ¿por qué, entonces, nos quedamos rezagados? Y la respuesta única es a causa de la corrupción infinita que degrada a los hombres públicos y también a quienes la toleran. En buena medida, la amnesia colectiva nos coloca en este nivel por desgracia.

Por ejemplo, hace tres años el presidente peña anunció en Londres, a bombo y platillos, su disposición para ofertar, regalar, los recursos de nuestro subsuelo dada la baja en el valor del petróleo, de la mezcla mexicana del crudo. La reforma respectiva no fue suficiente porque los interesados no previeron la caída y se amontonaron pidiendo los contratos ofrecidos; apenas ahora se nos habla de que “los primeros acuerdos” se darán en junio acaso después de cerrarse los mismos en Gran Bretaña a la sombra del glamour. Otra vez, retornó peña de un periplo internacional con saldos rojos, muy lejanos a las expectativas originales. Como mandatario, en la perspectiva diplomática, es todo un perdedor aunque se sienta aristócrata.