Un santo alcahuetón

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Armando Ramirez

Twitter: @uyuyuyy

En el día de San Valentín los que andan hasta las manitas sudadas se ven arrastrados en la fiebre de comprar para quedar bien con su pollo, pero la neta para qué comprar amor, mejor regale sus sentimientos netos, una cartita escrita con su puño y letra, póngase poeta para que su amada sepa lo que es amar en tierra de apache. Y usted señorita, qué le parece si con sus propias manitas hace un pastelito en lugar de hacer gastar a su galán, cuando hay amor valen más los sentimientos que los regalos.

Esto viene a cuento porque los enamorados ni saben quién fue San Valentín, no fue por supuesto un flechador de corazones, ni cupido, fue un alcahuete para los jóvenes enamorados. En tiempo del imperio romano, no era bien visto que los jóvenes se casaran, se imaginan, se casaban y ¿quién iría a la guerra? Porque ni modo de dejar a la mujer encargada, bien dicen, amor de lejos es amor de Tan Pendécuaro, ni qué felices los cuatro, ni qué ojos de hacha.

Entonces el emperador prohíbe que los jóvenes se casen para que haya soldados para sus guerras, pero hubo un sacerdote llamado Valentín, que se dijo, cómo hacerles el feo a los enamorados, ni modo que se coman la torta y se van a la guerra y allá se encuentren otra. Mejor los caso aunque el emperador lo haya prohibido, Y se dio a la tarea de casar a los jovencitos. Pero lo supo el Jefazo. En la época de los romanos no había derechos humanos, libertad de credo o el respeto a los usos y costumbres, pobre Valentín, pagó con su cabeza la osadía, se la cortaron.

Entonces los jóvenes empezaron a venerar a Valentín como un santo. Y el Papa Gelasio I declara el 14 de febrero, día de San Valentín. Solo que con los siglos el mentado día se volvió una costumbre de gastar el dinero a lo bestia. En nuestros tiempos el amor es una mercancía. Lo mismo en Francia que en Estados Unidos o en México, en el día de San Valentín se compra amor, surgen los ositos de peluche, los corazoncitos de chocolate, los globos con el “te amo, gorda” y te llevo al restaurante y después al hotel boutique.

Y ni se le ocurra comprar flores, salen tan caras como los litros de gasolina, la neta en eso del amor si lo quieren lo van a cuidar en sus penurias y si no ya sabrá de qué lado masca la iguana, y si se embarca, digo, qué tanto es tantito.