Amores mentirosos

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Rafael Loret de MOLA

loretdemola.rafael@yahoo.com

AMLO –siglas que nunca utiliza este columnista–, no es precisamente AMOR. Para algunos, tabasqueños sobre todo, el nombre del icono de la izquierda es Manuel Andrés lo que le convertiría en MALO. Un viejo truco de zorros mal educados que aprovechan las campañas para hacer saltar los chapulines del odio y el rencor. Y Andrés, el último líder natural de México, cuando menos hasta hoy cuando comienzan a verse personajes como los jaliscienses Enrique Alfaro y Pedro Kumamoto, no deja de responder a las ofensas y críticas de cuantos lo cuestionan; alguna vez, pese a que lo he defendido en no pocas ocasiones y cuestionado en otras tanto, me tocó a mí.

Los tiempos cambian pero es muy difícil que las condiciones de cada ser humano se transformen de modo drástico, de un extremo al otro; por eso dudo tanto de aquellos que dejan una camiseta de la derecha y se ponen, sin rubor, la de la izquierda o viceversa; o, peor, convierten a la indefinición, como lo hace José Antonio Meade, en lábaro de propaganda proselitista. Y lo mismo sucede con Ricardo Anaya Cortés cuyo recio apoyo al peñismo –sobre todo a la hora de las reformas truculentas–, y al propio Meade ahora se observan como meras cortesías porque llegó la hora de zafarse del pasado ante la abrumadora montaña de estulticias que asfixia al mandatario cuya ceguera es tal que presume por haber realizado obras “fantasmas” y exige a todos los postulantes, a la Presidencia y otros cargos, que las reconozcan… si las encuentran, claro.

Las lisonjas al primer mandatario, sencillamente, se acabaron salvo entre los muy cercanos esbirros al mismo; incluso el reverencial “señor” parece anulado por un frío “presidente”, hasta dentro del gabinete para no dar la apariencia de un comportamiento servil aunque lo sea. Y algunas veces, pocas, salen los espolones y se le recuerda… lo contrario del amor que pinta la efeméride de hoy, el “agosto” de los hoteles de paso y moteles sobre salidas de carreteras muy conocidas, sobre todo en la proverbial conservadora Guanajuato.

Por allí habitan los herederos de las falsas monarquías mexicanas y los liberales que dieron cauce a la Independencia desde Dolores, donde se juntan, en un mismo templo, el fervor religioso, la historia y los ritos políticos más arraigados durante los días del “Grito” en aquellas épocas cuando los presidentes no tenían tanto miedo.