Tres compadres

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Si mañana fueran los comicios federales, sin duda, el vencedor sería Andrés con amplio margen; no importan su infarto y sus dos cardiopatías posteriores –un elemento que le impediría jugar a elecciones en cualquier otro país–. Más allá de todo, es él quien acapara los votos. La cuestión es cómo nos gobernaría con la cáfila de maleantes que le rodea. Me preocupa porque tiene la puerta abierta aunque cuantos entran restan confianza… y sufragios.

¿Y después? Todos creen que sería mejor la perspectiva que la actual y es posible. Para mi fuero interno sería ideal que, además de presentar como lo hizo a un gabinete ambiguo –sin las figuras que mecen la cuna–, hiciera su propia autocrítica y explicara cómo serían sus primeros cien días de gobierno. Podríamos dormir más tranquilos todos. ¿Habría o no libertad de expresión? ¿Respetaría a un Congreso mayoritariamente en contra? ¿Habría posibilidad de que superara la ingobernabilidad latente? ¿Cómo actuaría contra el narcotráfico pese a algunas figuras que le acompañan -Batlett entre ellos-, y buscan asfixiarlo? Por lo demás, a mí no me asusta; al contrario, sigo creyendo que es menester cambiar de sistema, no sólo de partido, y no sé si Andrés estuviera dispuesto a ejecutar al presidencialismo mesiánico y a la partidocracia enferma. Quisiera creer en él señalándolo como un revolucionario pero, por lo pronto, y con los “dorados” que le rodean, no pasa de ser un simple caudillo; y éstos son devastadores. Repásese la historia para corroborarlo.

Desde luego, la gran ventaja de Andrés es la pobreza de sus adversarios.